Una gran noticia para aquellos aficionados a la novela criminal, entre los que me incluyo, la aparecida en el  suplemento cultural del  periódico El País, Babelia  porque varios expertos andan a la caza de las primeras novelas que pueden considerarse tales, Balzac, Dickens, son algunos de los ejemplos que se pueden utilizar como precursores,  pero la novela Maximilien Héller, publicada en 1871 por Henry Couvain es una recuperación singular porque el lector va a encontrar en ella un claro antecedente del gran mito de la novela de crimen y misterio: Sherlock Holmes. Estamos ante un detective (Maximilien Heller) que actúa solo, opera por deducción, es un misántropo de carácter enérgico, que se encuentra deprimido y utiliza el láudano como estimulante; para mayor coincidencia, su aventura la relata un médico que se convierte en amigo. La novela participa, como no podía ser menos por la época, de las características del folletín; es decir: nuestro detective utiliza su inteligencia, dotes de observación y deducción, pero corre aventuras y es un maestro del disfraz. No hace lo que los detectives de la edad de oro, que no se manchan las manos, sino, como Holmes, todo lo contrario: se introduce en barrios o casas. Es más se enfrenta a un diabólico enemigo, el doctor Wickson, un misterioso y escurridizo individuo con fama de científico excepcional que en realidad dirige una banda de maleantes.

Las coincidencias son tan notables que cabe pensar que Conan Doyle conociera la novela, publicada 16 años antes de la aparición de Holmes. Lo que no quita para que los admiradores de la figura del detective disfrutemos con las aventuras de Maximilien Heller y admiremos  las coincidencias y diferencias. El final es feliz y moralista, y Holmes, en cambio, es más ambiguo y, por tanto, más moderno.

 

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