Marguerite Duras y “Un dique contra el pacífico”

 

 

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Para cualquier conocedor de la obra de Duras, la figura de la madre, tal y como aparece en la formidable Un dique contra el Pacífico, es la de una mujer que lucha contra el destino, una heroína desesperada que se enfrenta a las olas del océano como batalla contra la corrupción administrativa. Pero, al mismo tiempo, la autora nos la muestra porque es así como está escrita la obra, mostrando, no narrando. Y, así, mostrando, la madre aparece como una luchadora desequilibrada, como alguien que no soporta la menopausia, que tiene grandes dificultades para manejar hijos y criados, alguien que empuja a su hija a la prostitución para que su amante le pague, a ella también, noches de copas en Saigón, lejos de la ruinosa casa, que no se encuentra frente al Pacífico, sino ante el mar de China.

Ni bella, ni descendiente de la burguesía intelectual y pensante, ella, Margarite Duras,  se desarrolló a través de su escritura haciendo de cada una de sus obras un trazo de los momentos que le impactaron. Por eso la evocación de Indochina es muy fiel, ella  la convierte en el lecho de su escritura donde evoca paisajes llenos de olores, de ruidos y, por encima de todo, las aguas de los ríos, del Mekong, y del Océano Pacífico. En este viaje circular que desarrolla de forma magistral en Un dique contra el pacífico, M. Duras se mueve con una conciencia muy aguda entre ambientes sensuales, oscilando entre una sinfonía de cuerpos y paisajes escritos, y una realidad social dolorosa que se enfrenta a las sorpresas de los desastres naturales.

La escritora tiene el arte y la genialidad de comulgar con todos los antagonismos de una misma situación para mostrar en la alternancia del discurso directo e indirecto, la belleza de su escritura. Y para ello, su escritura oscila entre los acontecimientos vividos y el recuerdo de ese pasado que nos llega como un presente inmediato, logrando una tensión visual en toda la obra.

Es en la novela “El Dique contra el Pacífico”, que encontramos con fuerza y veracidad la realidad social y humana de esa Asia,  del dolor y de la colonización. Y es en esta realidad  donde su madre tiene que enfrentarse sola la crianza de sus tres hijos.

Por eso, esta novela podría llamarse la novela de la Madre porque está escrita desde  la conciencia y el compromiso de esa madre que se encuentra  con un mundo colonial donde no todos los blancos eran millonarios ni altos funcionarios y que, al igual que los colonos, vive intentando ganar tierra frente a las amenazas devastadoras de los tsunamis.

En esta novela  están mostradas todas  las raíces del universo literario y humano de Margarite Duras. En sus páginas encontramos la revelación más real de esa Asia del sureste, que forjó su temperamento y su escritura. Es “el Dique” la misma resistencia que empleó Margarite frente a los acontecimientos dolorosos de su vida. Considero  que frente a una escritora tan intensa vale la pena volver a esta  obra porque en ella nos vamos a encontrar con la matriz que más tarde desarrollará en El amante y gran parte de su obra posterior.

 

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Una atmósfera vaporosa, melancólica. “Nocturnos” de Ishiguro

 

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Oh, cómo te amaría, noche,

sin tus estrellas, cuyas luces nos hablan un idioma sabido.

Yo busco lo vacío, lo negro, lo desnudo”

Baudelaire

 

Es difícil expresar con palabras lo que Chopin expresó de manera inmejorable con notas: tristeza, alegría, vida, dolor, nostalgia; todo, absolutamente todo, está en Los Nocturnos. Chopin estableció en la veintena de nocturnos que compuso entre 1814 y 1835 un modelo cuya denominación atiende a la sugerencia del ambiente poético y misterioso de la noche. Es por esta razón y, por supuesto, por alusión al título de Nocturnos que Ishiguro elige para este libro, por lo que me permito hacer un pequeño paralelismo entre esa atmósfera que Chopin muestra en sus nocturnos y estas cinco historias de Ishiguro.

La música es un arte de inmersión, al igual que el agua solo se puede disfrutar a través de la experiencia de los sentidos. Ishiguro, como un extraño consumado, atrae a sus narradores en primera persona a un banco engañosamente tranquilo para enfrentarlos con el centro de cada historia desde ese ambiente poético y misterioso de la noche.

Al igual que le sucede a Chopin, Ishiguro crea en “Nocturnos” una atmósfera vaporosa, melancólica, a veces casi patética, convirtiendo en mensaje personal lo que, hasta ese momento solo era una ensoñación; porque Ishiguro ha dicho en entrevistas que concibió el libro de manera holística, casi como una pieza de música en cinco movimientos. Y así, como un ciclo, la colección comienza y termina en el mismo lugar, Italia, y contiene modulaciones de tono que serían difíciles dentro de una sola historia.

El rimo libre y flexible que Chopin incorpora en la mayoría de sus piezas pianísticas es algo que, en mi opinión, muestran las historias que componen este libro de Ishiguro. Es un algo que flota en todos los relatos y que los envuelve de un carácter especial: cada cuento desempeña una función en el universo total, incluso el último cuento supone una inversión del primero. En éste Tony Gardner deja a su mujer por una joven, mientras en el último el artista se ve abandonado por la mujer, que huye con un rico anciano de Oregón. El cantante, los músicos, interpretan esos números dulzones, pegadizos, en los cuales se evocan las emociones del ayer, clavadas en un presente doloroso, donde el éxito se perdió ya en la juventud.

Oh, cómo te amaría, noche,

sin tus estrellas, cuyas luces nos hablan un idioma sabido.

Yo busco lo vacío, lo negro, lo desnudo”

Baudelaire

 

“El Vestido azul” una historia a media voz

 

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Lo primero que llama  la atención de este libro, El vestido azul, es cómo está contada la historia,  una historia de amor  a media voz, susurrada. La palabra juega el papel de compañera de baile, es la música que encaja perfectamente con ese gran vals que los dos amantes ejecutan de forma maravillosa.  Y como en el baile, la palabra tiene un ritmo moderado, elegante,  circular, alrededor de esa pareja formada por Camille Claudel y Rodin. La pareja baila sin mirarse directamente a los ojos, con la cabeza de ella inclinada hacia el lado izquierdo. Las heroínas de Camille no miran al espectador ni a su compañero. Sus parejas no intercambian una sola mirada, prisioneras como están de su soledad; bailan ese gran  vals con los  ojos solo abiertos al amor, atentas al amor, tratando de asir, así, una efímera voluptuosidad.

Michèle Desborde (Saisnt-Cyr-en-Val, 1940-2006) nos ofrece su visión de Camille Claudel, la escultura y amante de Auguste Rodin, renunciando a hacer una novela biográfica convencional. Más bien acota un pequeño territorio: una silla, el parque de un manicomio, una mujer que envejece, recuerda, espera.

En ese escenario mínimo, el tiempo transcurre a ritmo lento, un tiempo que abarca los últimos 30 años de la vida de Camille, un tiempo donde vive recluida  en el sanatorio mental de Montdevergues. Y es, en ese sanatorio, donde el tiempo, ese tiempo interior situado fuera del tiempo y el espacio, actúan como los únicos cables de conexión con el mundo.

La mujer sobre la que medita Michèle no hace otra cosa que esperar, esperar a su hermano, Paul Claudel, el embajador, el poeta, el dramaturgo famoso. El hermano que, en complicidad con la madre, dio orden de que la ingresaran en marzo de 1913, en el manicomio de Ville-Evrard, para ser trasladada, unos meses más tarde, al de Montdevergues. Nunca saldría de aquella casa de locos.

Así pues, esta es la historia de un encierro y de un  tiempo caótico en la mente de esta mujer, Camille Claudel. Las visitas de su hermano se encadenan en su memoria hasta que, al final, todas ellas se convierten en una sola. La narradora imagina siempre a Camille en ese parque, a la sombra de los robles, en ese lugar desde el que podía ver al elegante cónsul, y más tarde embajador de Francia en Japón, aparecer con su Packard y franquear la verja. “Él la encontraba allí cuando llegaba, sentada en aquella silla delante del pabellón, inmóvil y con las manos cruzadas sobre el regazo, con aquellos vestidos grises o marrones, siempre los mismos…”

Hay también mucha información sobre la vida de Camille y su relación con Auguste Rodin, y es, precisamente en su relación con Rodin, cuando la escritura adquiere el protagonismo de un personaje más de la historia, un personaje a la altura de la propia Camille porque la sintaxis hace que el tiempo y el espacio se dilaten. Hay párrafos de una enorme belleza donde las comas son besos suaves, el punto y coma es el descubrimiento de sus cuerpos y el punto y seguido es el momento de dicha, de embriaguez que hacen que, durante el tiempo que dura la escena,  ese tiempo y ese espacio se dilaten: “Aquella folie donde a veces ella se quedaba a dormir, dedicada por completo a estar a solas con él, y sin pensar en nadie más, excepto en lo que iba a hacer con la arcilla, el yeso y el mármol de Italia, aquellos dos que se amaban y volvían a verse, por lo que se dice, tras años de separación, la mujer que, inclinándose-sin acabar de apoyarse del todo en él- sobre el hombre arrodillado delante de ella, ya se entregaba, no dejaba de entregarse; y cuando ella hablaba al respecto era para decir aquello, para hablar de aquel amor, de aquel abandono al que ella daba forma, y del cuerpo que se entregaba, que no podía, que nunca podría dejar de entregarse. Aquella folie donde, por las tardes, después de que él la tomara, ella se levantaba y se iba a  tallar la piedra alrededor de un rostro, de una cadera, girando obstinadamente alrededor de los cuerpos, los vientres y los riñones, como enfebrecidos, y aquella embriaguez no era inventada, como tampoco el cuerpo inclinado, el cuello y la nuca suavemente flexionados, aquel rapto lejos de todos; y él hablando de ídolo y adoración, los representaba a su vez, o a otros que se les parecían; cuando más tarde las esculturas se exponían, uno se preguntaba quién había tenido la idea primero, si el maestro o la alumna. Y pronto ella los representaba en aquel vals, en aquella danza amorosa, tan lenta que se hubiera dicho que estaban inmóviles, el uno delante del otro para siempre, los mismos que, amándose, se deseaban sin fin, que no podían separarse, que no se separaban jamás; la mujer inclinada, abandonada sobre el hombro del hombre que la estrecha más y más; aquella idea que ella tenía y que año tras año modelaba, que luego tallaba en la piedra, y decía que aquello no había hecho más que empezar, que aquello no acabaría nunca, mientras modelaba para él manos y pies y también, con aquella manera que ella tenía de trabajar, otras cosas que él pedía…”

Con él compartió la obsesión que ambos tenían  por la materia que moldeaban con las manos y el cuerpo entero, la recreación del ser amado a través de la escultura, algo que traducían desde el año 1884 o 1885 en los momentos más intensos de su amor, “la alumna y el maestro a quien pronto se sometería antes de someterlo a su vez”, antes también de que la resignación filtrase toda su vida.

Debajo de esta historia  siempre ambigua, y de esta  escritura cuidada, con frases que ocupan una página, entre la pasión por Rodin y la fusión con el hermano indiferente, se desprenden chispazos de una belleza perturbadora. Michèle Desbordes sólo está comprometida con la mujer que espera al hermano, la solitaria que lee las cartas en las que él habla “de los inviernos y los bambús azules, y de todos los pinos que había sobre las tumbas, del mar en Tianjin…”. Sólo eso vamos a saber en esta novela sobre Camille Claudel: la fusión con el hermano que la encerró en un manicomio y la dejó morir en el abandono.

No se me ocurre mejor modo de cerrar esta reseña que trasladar directamente algo que dice el texto de la contraportada, y que resume a la perfección este maravilloso libro:  “Sin ruido innecesario, lejos de la moralina habitual o de obligarnos a una interpretación preconcebida, esta novela de Michèle Desbordes permite escuchar admirablemente la vibración de un tiempo detenido.”

 

 

 

¿Cómo debería leerse un libro? Virginia Woolf

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Llegué a este libro mirando el escaparate de una librería.  Salí de allí con  mi libro en la mano, emocionada. Luego, en soledad, lo examiné despacio: se trata de la traducción de la primera versión de “¿Cómo debería leerse un buen libro? para una conferencia que  Virginia Woolf dio el 30 de enero de 1926 a las alumnas de un colegio privado de Hayes Court (Kent). En relación a la cronología final, llama la atención que James Joyce y Virginia Woolf, dos pilares de la novela rompedora escrita en inglés, nacieran y murieran en los mismos años.

El texto de la conferencia en sí contiene varias ideas muy aprovechables. Para empezar, una defensa a ultranza de la independencia del lector, al cual aconseja que no se deje llevar nunca por ningún consejo, que “siga sus propios instintos, que use su propia razón, que saque sus propias conclusiones”. Para ella, nada como la escritura de novelas para entender con mayor profundidad la prosa de ficción. Sugiere al lector que se tome el trabajo de escribir para entender un poco mejor la complejidad de este trabajo:

Los treinta y dos capítulos de una novela —si consideramos primero cómo leer una novela— son una tentativa de hacer algo tan estructurado y controlado como un edificio. Pero las palabras son más intangibles que los ladrillos; leer es un proceso más largo y más complejo que ver. Tal vez la forma más rápida de entender los elementos de lo que hace un novelista no sea leer sino escribir, experimentar personalmente los riesgos y dificultades de las palabras”.

A lo largo de las páginas, V. Woolf materializa algunas de las reflexiones que nos hacemos como lectores, ese momento en que te enfrentas a una realidad distinta a todo lo leído anteriormente cuando te adentras en la obra de un nuevo autor de mérito, ese conjunto de palabras y escenarios que nos presentan un país desconocido en el que se habla una lengua que hemos de ser capaces de entender y disfrutar:

Si cuando leemos pudiésemos ahuyentar todas esas ideas preconcebidas, sería un comienzo admirable. No dictemos al autor, procuremos ser él. Seamos su colega y su cómplice. La indecisión, la reserva y la crítica al principio nos impiden apreciar plenamente lo que leemos. Pero si abordamos la lectura sin prejuicios, los signos de excelencia casi imperceptible, desde los giros y matices de la primeras frases, nos descubrirán a un ser humano único”.

Un poco más adelante, en la parte del texto dedicada a las biografías, la autora nos regala un pasaje cuya lectura recuerda una de las películas más conocidas de la historia del cine, dirigida por Hitchcock décadas después, me refiero a La ventana indiscreta: esas miradas a través de la ventana para espiar vidas ajenas consiguen una irrupción en el mundo interior de los personajes, llenando de intimismo y estudio psicológico una película de suspense.

“¿Las leeremos, ante todo, para satisfacer la curiosidad que nos domina a veces cuando nos paramos al atardecer frente a una casa con las persianas abiertas y las luces encendidas, cuyas plantas nos muestran distintos aspectos de la vida humana? Nos consume entonces la curiosidad acerca de las vidas de estas personas: los sirvientes que cotillean, los señores que cenan, la joven que se viste para una fiesta, la anciana junto a la ventana con su labor. ¿Quiénes son, qué son, cómo se llaman, a qué se dedican, cuáles son sus pensamientos y aventuras?”

La lectura de este pequeño gran  librito asegurará en la mente del lector excelente, aquel que lee “por amor a la lectura, despacio, no profesionalmente” algunas de las ideas que le rondaban la cabeza, o las sensaciones que vislumbraba su alma, desde hacía años, sobre todo aquellas relacionadas con el hábito de la lectura, un inmenso placer en sí mismo, que no necesita utilidad alguna para ser perfecto.

 

“Persuasión” Un canto a las segundas oportunidades

 

 

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“Persuasión”, última novela de Jane Austen, repite el esquema clásico que caracteriza al resto de su obra. La protagonista, Anne Walter, dejándose persuadir por el orgullo y los prejuicios familiares renunció al amor de Frederick Wentworth, un apuesto oficial de la marina británica sin fortuna. No olvidemos que es un período en el que las normas debían ser obedecidas y en el que un fallo menor no se perdonaba por mucho tiempo que pasara, especialmente a las mujeres. No obstante, Frederick regresa de las guerras napoleónicas enriquecido, pero todavía dolido por el rechazo de Ana, quien se ha convertido en una mujer sin posibilidades de contraer matrimonio por exceder la edad adecuada. Cuando empieza la novela Ana tiene  27 años, lo que ahora nos parece la flor de la vida pero que en aquellos tiempos era una edad considerable. Ana es una solterona que tiene pocas posibilidades de hacer un buen matrimonio.

Para nuestra sorpresa, Jane Austen renuncia a los personajes juveniles centrándose  en una historia sobre segundas oportunidades. Momento que aprovecha la autora para criticar a la burguesía inglesa que rechazaba los matrimonios entre diferentes clases. Y para ello, elige una protagonista que-aunque comparte con sus predecesoras el carácter fuerte e independiente- atípicos entre las mujeres de aquella época-; sin embargo la diferencia de edad le  permite al personaje gozar de una solitaria experiencia que le procura una personalidad sensible, tal y como se aprecia en la relación con sus hermanas, especialmente con la hipocondríaca María, su hermana pequeña; o su renuncia voluntaria al capitán Wentworth, cuando observa el flirteo entre él y la joven Henrietta Musgrove.

Persuasión contiene una de las descripciones más crudas de lo que Bath ofrecía en aquellos momentos. Aunque expresada desde el punto de vista del padre de Anne, un hombre antipático y clasista, no deja de ser interesante: “Lo peor de Bath era la gran cantidad de mujeres feas que vivían allí . No es que no hubiera mujeres bonitas, pero el número de feas las superaba ampliamente. Había observado con frecuencia durante sus paseos que a un rostro hermoso le seguían una sucesión de treinta o treinta y cinco espantosos”

Anne se encuentra con muchas cosas en contra: su edad, el anterior rechazo del que también se arrepiente, el ambiente de su casa, en el  que se alternan el orgullo de clase y la falta de modales, hasta el punto de que llegan a reñirla porque ha visitado a una amiga de la infancia que sufre una mala racha, las guerras napoleónicas que se perfilan de fondo… Y, lo más importante, su propia integridad puesta a prueba en infinidad de ocasiones.

Su triunfo, por tanto, nos sabe doblemente dulce: es el triunfo de la bondad y  de la constancia sobre los caprichos. Es  el tipo de historia de amor que nos reconforta cuando las esperanzas primeras se pierden y se confía cada vez menos en el milagro que puede conseguir un rostro bonito y un vestido nuevo. Anne logra recuperar a su antiguo amor porque en medio de un ejército de personajes llenos de prejuicios es capaz de adaptarse a las situaciones y de permanecer, al mismo tiempo, fiel a sus ideas.

Todo esto transcurre  con una autora que, una vez más, hace gala de su defensa de la mujer  al rechazar los convencionalismos sociales en personajes secundarios como Sophia Croft, hermana de Frederick, quien contrajo matrimonio por amor, no por dinero. Es más, la complicidad del matrimonio Croft demuestra a Anne la importancia de ser fiel a los sentimientos propios, ignorando, por supuesto, las recriminaciones sociales ante un matrimonio considerado incorrecto o poco beneficioso para ambas familias.

Al igual que en el resto de sus novelas anteriores, Austen no renuncia a su crítica contra la hipocresía de la burguesía inglesa a través de personajes a los que caricaturiza con una  ironía afilada. Esta animadversión es evidente cuando se produce la llegada a Bath de lady Darlymple, prima de sir Walter-padre de Ana-, y de su anodina hija, la señorita Cartere. A pesar de elevada posición y de la riqueza de ambas mujeres, sus respectivas personalidades resultan vulgares, carentes de interés para cualquier persona que no se deje seducir por su rango nobiliario..

Dado la brevedad de esta novela comparada con las anteriores, su ironía es más sutil. No obstante, hay que tener en cuenta que está escrita en tiempo real: la autora la terminó en el verano de 1816 y la trama empieza en 1814; por tanto muestra a una autora muy diferente a la que firma las anteriores obras. Cuando escribió esta novela, Austen había pasado ya los cuarenta años y eso, posiblemente, influyó en muchas cosas, tales como la elección de temas y el desarrollo de la trama. Persuasión narra una historia sobre las decisiones tomadas y los errores cometidos y sobre cómo la vida nos puede ofrecer segundas oportunidades.

De hecho, esta circunstancia podría ser la explicación a otras variaciones significativas como la de un tempo narrativo más lento, pues tiende a centrarse en monólogos interiores de la protagonista, mostrando los recientes cambios en la vida de Ana y desestimando al resto de personajes. Igualmente, su prosa carece de la precisión de escenas del resto de sus obras, generando así un argumento lineal. A pesar de ello la autora hace un uso magnífico del tiempo y del espacio narrativo a la manera proustiana, logrando que el tiempo narrativo dure lo que dura el recuerdo.

Ni siquiera el final de la historia tiene el regusto a cuento de hadas que otras novelas nos dejan: el capitán Wentworth se debe a su profesión de marino, por muy casado que esté con ella, y puede partir a la guerra en cualquier momento . A los veintiocho años Anne no se hace ilusiones de que sus preocupaciones hayan terminado con una boda: la vida, como sus problemas se han encargado de enseñarle, no se estanca, no se relaja. Jane deja al marcharse de Bath una situación desagradable, pero nadie le garantiza la felicidad.

Tengo que resaltar que recuperar a un autor, en este caso autora, cuyo humor esté basado fundamentalmente en la ironía parece difícil porque no estamos acostumbrados a la sonrisa. Y éste es uno de los mayores logros de la autora. El encanto de Jane Austen es casi imposible de imitar. Ese encanto reside en su tono,  en su  espíritu jocoso que atraviesa toda la novela, y que se revela en el punto de vista, en el tratado de psicología que hace de todos sus personajes. Los describe de manera minuciosa, detallada, consiguiendo que nos formemos una opinión, incluso un juicio sobre cada uno de ellos.

Las obras de Jane Austen permanecen en la memoria debido al romance, a la historia de amor que centra el argumento, pero muchas veces los momentos más chispeantes, los más brillantes, se esfuman. Por eso es importante enfrentarnos a una lectura de Jane Austen con gafas de largo, con gafas que nos permitan obtener una visión completa de esa historia que nos llega por entregas; porque, al fin y al cabo, el espejo de esas historias que Austen nos cuenta, en un principio está  roto, y  lo que autora busca a lo largo de esas seis novelas  es pegar los fragmentos para, así, ofrecernos un espejo entero.

Mansfield Park. Cuando la ironía se convierte en un instrumento de la invención

 

 

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Mansfield Park, publicada en 1814, es quizá la más densa, y sin duda la más polémica de las novelas de Jane Austen. Su estructura, delicada, rigurosa, múltiple en muchos casos, es manejada de forma prodigiosa por la autora.

Al contrario que en las novelas anteriores, Fanny, la protagonista de Mansfield, no está hecha para ganar, sino para quedarse con lo que la vida le ofrece. Es lo que le han enseñado: ser agradecida, ser sumisa y, por supuesto, ser correcta en todas las ocasiones.

La historia de Mansfield Park es la narración de un lugar perfecto. Sus propietarios, los Bertram son gente respetable, padres de cuatro hijos muy bien educados, al menos cara al exterior, quienes en un momento de altruismo, deciden hacerse cargo de una de las hijas de la señora Price, hermana de lady Bertram.

Fanny, nuestra protagonista, pronto descubre que pese a la buena obra de sus tíos, éstos están lejos de aceptarla como al resto de sus hijos; más bien le enseñan que es, sobre todo y, ante todo, inferior al resto de los habitantes de la casa. No llega a ser una criada, no es el cuento de Cenicienta, pero es innegable que no es tratada igual que el resto de sus primos. Aunque ella, lejos de sentir rencor, asume su papel con total abnegación. Los desplantes y la falta de juicio moral que van mostrando sus primos con el paso del tiempo, incluso su idolatrado Edmund, van mostrando al lector una familia perfecta en apariencia, pero cuyas costuras se marcan notablemente en las distancias cortas.

Las escenas más dramáticas de la novela, las más sinceras moralmente son aquellas en que Fanny, quien a lo largo de su estancia de nueve años en Mansfield se ha convertido en una joven bella, rechaza la proposición de matrimonio de un pretendiente muy rico, y a juzgar por los comentarios de su primas, muy atractivo. Su familia al completo, piensa que está loca por rechazar semejante proposición; sin embargo Fanny ha visto cómo Henry ha cortejado de manera descarada a sus dos primas y sabe, que nunca podrá ser capaz de amar a un hombre semejante; sin embargo Henry se niega a aceptar un no por respuesta, y su tío ante la tozudez, como él califica la actitud de Fanny, la amenaza con la certeza de que va a lamentar su decisión.

En el tratamiento literario del conflicto, Jane Austen plantea el problema moral con cuestiones del tipo: ¿Debe cualquier mujer sentirse en la obligación de casarse con un hombre al que no ama a causa de las ventajas materiales que ello le reportará a ella y a su familia? ¿Hay alguna razón por la cual una persona de uno u otro sexo, deba someterse a cualquier autoridad antes de tomar decisiones cruciales relacionadas con su vida privada? La negativa de Fanny a la proposición de matrimonio por parte de Henry Crawford, le sirve a la autora para que, a la larga, su rechazo por Crawford consiga tanto la admiración de su tío como la del amor de su vida, su primo Edmundo quien, al final, le propondrá matrimonio.

Personajes como la histriónica y siempre dispuesta a meterse en todo, tía Norris que martiriza a Fanny con sus comentarios, en lo que actualmente sería considerado maltrato psicológico en toda regla, le sirven a Austen para mostrarnos la parte menos cálida del universo femenino.

Sin duda, es un libro agridulce y quizá por ello más recomendable. Sigue siendo el mismo mundo doméstico y la misma sociedad acomodada de sus otras obras. Pero en esta novela se muestra más descontenta y ambigua.

No está claro dónde está el bien y el mal. Hasta qué punto es la sociedad o la educación o sus propios caracteres los que arrastran a estos personajes a cometer sus pecados. Incluso la inmaculada Fanny tiene sus propias miserias hacia las páginas finales del libro cuando regresa a la casa de sus padres y rechaza de pleno a su familia, una familia inferior, con la que ya no desea tener ningún vínculo, a la vez que se muere de celos por no conseguir que su Edmund vea más allá de la venda con la que se ha tapado los ojos.

En resumen, un libro contradictorio, con muchas lecturas y opiniones diversas. El menos romántico, el más imperfecto en su ambigüedad y, quizá, por eso, merece la pena  leerlo para comprobar que Jane Austen, es mucho más que una escritora de novelas románticas como tan a menudo se nos muestra actualmente.

“La abadía de Northanger”mordaz, elegante, maliciosa…

 

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Es mi cuarta novela de Jane Austen y no puedo por menos de reivindicar, una vez más, las virtudes de esta autora inglesa, a la que en muchas ocasiones se infravalora. Porque sí, vale, puede que, casi siempre “al final, todos se casan bien“. Pero resulta que entre las páginas de esta mujer que tuvo una vida de soltera apacible, hay mucho más que cursilería y folletín. Hay ironía, hay brillantes análisis humanos (sobre todo, de mujeres deseosas de salirse con la suya), y hay temas que a día de hoy, siguen quitando el sueño al común de los mortales: frustraciones amorosas, desprecio de las altas esferas hacia los que están por debajo en la escala social, ganas de medrar, consciencia de las limitaciones y peculiaridades de uno mismo, etc, etc,etc.

La abadía de Northanger, titulada primero Susan, fue vendida a un editor de Londres. Y en 1816 la autora la volvió a comprar pero  no apareció publicada hasta después de su muerte Así pues, aunque publicada entre sus últimas novelas, se trata de una de sus primeras y conserva un tono juvenil y algo de farsa que la distingue por entero del resto de sus novelas.

Su protagonista es Catherine Morland, una joven inglesa bonita y obsesionada con las novelas góticas, que acude a pasar una temporada a otra ciudad, Bath, con unos parientes. Allí conoce a los trepas hermanos Thorpe, chico y chica, y a los misteriosos hermanos Tinley, chico y chica también. Del Tinley chico se enamora casi al instante y tras algunos desengaños con los Thorpe, será invitada unos días a la colosal mansión de los Tinley, la abadía que da nombre al libro.

Pero resulta que la cosa da un poco más de sí, y eso porque, Jane Austen es más de lo que parece. Es mordaz sin perder la elegancia, es maliciosa, y no escatima duros juicios a la hora de dejarnos claro lo falsa y manipuladora que puede llegar a ser la señorita Thorpe con tal de cazar a un buen partido, de lo tonta e ingenua que en ocasiones es Catherine hasta que finalmente espabila, o del mal que puede hacer un padre autoritario y avaricioso en un entorno en el que nadie le planta cara.

El sano equilibrio, el sentido común y la serenidad propias de la escritora, la llevan a crear, en contraste con las heroínas románticas de aquella literatura, la figura de Catherine, muchacha sencilla, modesta, de naturaleza sana y recta. Esta clara posición contra algunos aspectos del romanticismo, corresponde a las primeras obras de la Austen; con el tiempo su actitud se volvió menos rígida, aun quedando siempre, entre las principales características de su arte, la tendencia a inspirarse en la vida común de cada día.

En esta gran novela, la prosa de Jane Austen destaca más ingeniosa que nunca y sus personajes femeninos vuelven a encandilar por su bien retratada psicología y su pizca de rebeldía en el marco de la época y la sociedad en la que viven. Austen se ríe del cliché de las heroínas románticas y divierte al lector con una sutil guerra de sexos en el intercambio de impresiones entre la pareja protagonista (al estilo de Mr. Darcy y Mrs. Bennet).

Destaca en estas páginas la aguerrida crítica que hace Jane Austen en contra de todos los que desprecian a los novelistas, y a sus lectores, por considerarlos autores de un género menor y sin calidad alguna. “Representamos a un grupo literario injusta y cruelmente denigrado, aún cuando es el que mayores goces ha procurado a la humanidad“, dice Austen en favor de la novela y los novelistas. La autora defiende que más vale escribir una novela para ser leída y disfrutada por muchos, que no un compendio de saber tan intrincado y grandilocuente que no pueda ser leído, y soportado, más que por unos pocos amigos. Graciosísimo el comentario sobre los historiadores, a quiénes la protagonista mira con mucha pena puesto que “sólo escriben para atormentar a los niños”. Por todos estos detalles críticos, por su magnífica reflexión sobre los hombres y mujeres de la alta sociedad británica de la época, y sus costumbres culturales y morales, por su estupenda prosa y mil razones más, La abadía de Northanger es una novela que se disfruta con gran placer y mayor diversión. Recomendada incluso para los que no se consideran admiradores de Jane Austen.

Pero para ello, debemos situarnos antes en el contexto histórico. La abadía de Northanger se publicó en el año 1818. Eran los años de los fantasmas, aires góticos en la temática literaria que a las mujeres les venían muy bien para expresar sus propios miedos, su espiritualidad; de ahí que Catherine Morland, la protagonista, sea objeto de sugestiones y de disparatadas invenciones producto de las lecturas de obras como Udolfo, que más tarde le causarán  más de un problema.

Por supuesto, también hay cabida para hablar sobre el matrimonio, los intereses económicos, la hipocresía de algún que otro persona pero, como digo, se nota un cierto cambio de registro. Se mencionan cosas como sospechas, asesinatos, noches lúgubres y escenarios macabros.

Todo esto en cuanto a la trama y los elementos que conforman la historia. Pero lo verdaderamente asombroso para mi es su oficio de escritora, su visión de la novela con ese toque de modernidad que caracteriza a La Abadía. Domina la técnica narrativa hasta llegar, en algunos párrafos a presentarnos, a nosotros, lectores, sus reflexiones en torno al giro argumental y a la caracterización de los personajes.  El punto de vista alterna la figura de un narrador de tercera persona con el uso de los diálogos, llegando en ocasiones a establecer un dialogismo entre ella como autora, la figura del narrador y el lector siempre presente en la obra. (p. 306) “El que una heroína vuelva, al término de sus aventuras, a su pueblo natal con toda la gloria de haber recuperado su reputación y toda la dignidad de una condesa, seguida de un largo séquito de nobles de su círculo de conocidos en sus correspondientes faetones(…) es un acontecimiento que bien puede la pluma de quien lo escribe deleitarse, pues siempre ensalza cualquier conclusión y permite que la autora comparta y se regodee con esa gloria que con tanta generosidad ha concedido. Sin embargo, lo que yo tengo que narrar es totalmente distinto. Devuelvo a mi heroína a su casa y tras haber caído en desgracia, con lo cual no siento ninguna euforia que me lleve a entrar en muchos detalles- Una heroína montada en una sencilla silla de postas supone un golpe para cualquier sensibilidad refinada que ningún intento de grandiosidad o emotividad puede paliar. Así pues, mejor será que su postillón atraviese el pueblo a toda velocidad, bajo las miradas de los paseantes dominicales, y que ella descienda del vehículo rápidamente”

La presencia de la autora así, directamente en la obra, hace que el lector conozca de primera mano al igual que el narrador la historia. Y su final, al igual que en las novelas modernas es abierto dejándonos a nosotros, los lectores, la posibilidad de completar la historia. “Dejo a quien pueda corresponder o interesar que determine si esta obra tiende más a recomendar la tiranía paterna o a recompensar la desobediencia filial.

 Y todo este oficio, sin tener a su alcance más que una somera biblioteca y la posibilidad de algunos viajes.

 

“Emma” y su labor de celestina.

 

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Encuadrada dentro de la novela cómica, Emma es una obra muy curiosa, tanto como su protagonista a la que debe el nombre de su título. Es un personaje tan característico que ni siquiera necesita añadirle el apellido para obtener su fuerza. Me aventuraría a decir que es una crítica sarcástica a la sociedad de entonces, plagada de intereses económicos y de la búsqueda del mejor estatus, donde domina  la apariencia y… La verdad no es que encontremos tantas diferencias con lo que vivimos hoy en día. Emma forma parte de esa sociedad pero, al contrario que el resto de sus amigos y vecinos, ella no parece sentir ningún tipo de deseo romántico ni tiene pensado casarse. Vive con su padre y su institutriz, la señorita Taylor y cuando  esta decide casarse, presume  que ha sido , gracias a ella, que  se ha podido celebrar el matrimonio con el señor Weston porque, al fin y al cabo, ella los presentó.

Y es así como  Emma comienza a ejercer de celestina. Pero, no nos engañemos: aunque no tiene un fondo malo, lo cierto es que  Emma peca de entrometida, celosa y manipuladora. No faltan ocasiones en que, dado su afán desmedido porque los casamientos lleguen a feliz término, logra todo lo contrario. A pesar de ser una muchacha de buena posición y con la vida bastante resuelta, tiene una fuerte personalidad y es tremendamente bondadosa con aquellos con los que pretende serlo.

Aunque como he dicho, se le catalogue como obra cómica, lo cierto es que las situaciones de risa llegarán a cuentagotas. Digamos que lo que prima es la ironía, los malos entendidos, los enredos y las habladurías. Para llevar a cabo esto, Austen echará mano de una serie de numerosos personajes que representarán el elenco sobre el que trabajará Emma. Por ejemplo, tenemos a Harriet Smith con la que traba una intensa amistad. Nuestra protagonista intentará por todos los medios resolver la vida de su nueva amiga buscándole el mejor de los maridos: la manipulable y pobre Harriet se convierte en la primera víctima de los juegos casamenteros de Emma.

No sé si tiene el propósito de llamar la atención de las dos, Harriet, redoblando sus amabilidades, pero me sorprende que sus maneras sean aún más delicadas que antes. Si algo se propone tiene que ser agradarte. ¿No te dije lo que había dicho de ti el otro día?  (dice refiriéndose al señor Elton).

Otro personaje importante es George Knightley, que tiene unos dieciséis años más que Emma (37) y es su concuñado. Es el único capaz de criticar sus defectos e intentar pararle los pies. Knightley será el modelo utilizado por Emma  para medir al resto de hombres de su vida. Cabe destacar a Jane Fairfax, una joven bien parecida y educada hacia la que Emma siente una profunda envidia. Se unirán a ellos Frank, Augusta ( la mujer de el señor Elton) o la señorita Bates entre otros.

Y como en tantos otros clásicos, realmente lo importante no es lo que sucede, sino cómo se cuenta la historia. Además, si la encuadramos en el año de su publicación, es una obra socarrona, con un tono desenfadado y con cierto desgarro feminista.

Emma es un mito literario como obra, y  lo es porque rompe estigmas: no es dependiente, no tiene un status y una economía precarios, y no necesita, para asegurar su futuro, cazar marido (a ser posible uno que la ame y al que ame). Al contrario, es una joven “inteligente, bella y rica“, que no aspira al matrimonio “una mujer soltera poseedora de una buena fortuna es siempre respetable” le comenta a su amiga Harriet, y que rige, como por derecho natural, los destinos de la pequeña comunidad de Highbury. Además de todo lo dicho, Emma es diferente al resto de sus protagonistas, ya que, en este caso, se nos presenta a una mujer que antes de alcanzar “ese exquisito temblor de felicidad” algo habitual en las trepidantes peripecias que viven sus heroínas, Emma, su protagonista, su anti heroína,  debe someterse al principio socrático de conocerse a sí misma.

El oficio de Austen como  escritora es tan consumado que siempre oculta un secreto. Puedes mirar con lupa sus novelas, de eso doy buena fe, darles la vuelta, desmontarlas; pero nunca llegas  a saber cómo están hechas.

Considero que Emma es uno de los  personajes más complejos de Austen. La actitud de Austen hacia Emma es de amor irónico. Es destacable la escena cuando  Emma teme que Knightley quiera casarse con Harriet:

Cuando Harriet terminó su testimonio, apeló a su querida señorita Woodhouse para que dijera si tenía buenas razones para la esperanza. -Nunca me habría atrevido a pensar en ello al principio -dijo-, sino por usted. Usted me dijo que la observara cuidadosamente y que su comportamiento me sirviera de regla para el mío, y eso he hecho.  Pero ahora me parece sentir que quizá le merezca, y que si me elige, no será una cosa tan sorprendente.

Los amargos sentimientos producidos por esas palabras, sus muchos amargos sentimientos, hicieron necesario el mayor esfuerzo por parte de Emma para permitirle decir en respuesta:

-Harriet, yo solo me atrevo a afirmar que el señor Knightley es, en todo el mundo, el hombre que menos exageraría intencionadamente en dar a una mujer una idea de sus sentimientos por ella mejor de lo que fuera verdad.

Harriet pareció dispuesta a adorar a su amiga por una sentencia tan satisfactoria, y Emma solo fue salvada de sus arrebatos de ternura, que en ese momento habrían sido una terrible penitencia, por el ruido de los pasos de su padre. Atravesaba el vestíbulo. Harriet estaba demasiado agitada para recibirle. No podía dominarse… el señor Woodhouse se alarmaría… más valía que se fuera. Con el más pronto asentimiento de su amiga, pues, se marchó por otra puerta y, en el momento en que se fue, Emma dejó escapar espontáneamente sus sentimientos en: ¡Oh, Dios! ¡Ojalá no lo hubiera visto nunca (…) ¡Cómo entenderlo todo! ¡Cómo entender los engaños que había estado ejerciendo en sí misma y bajo los cuales había vivido! ¡Qué errores, qué ceguera de su corazón y de su cabeza! Se sentó inmóvil, anduvo dando vueltas, probó su cuarto, probó el vivero; en todas partes, en todas las posturas, se daba cuenta de que había actuado con mucha debilidad; que se había había desviado a sí misma en un grado aún más humillante; que era  desgraciada, y que probablemente encontraría que ese día era solo el comienzo de la desgracia.” El interés psicológico de la novela radica, como en esta escena, en ver qué pasa cuando la gente, en este caso Harriet, no actúa como ella espera y ordena.

Es tal la obsesión por casar a su amiga, que no logra descifrar, hasta que es casi demasiado tarde, la naturaleza de sus propios sentimientos hacia el señor Knightley, su sabio vecino, que funciona como el único crítico de Emma. Se podría ver en la novela un toque paternalista, un cruce de romance y educación moral; sin embargo Emma está menos preocupada por enseñar una lección que por explorar los efectos mortificadores de aprender una.

Desde el punto de vista narrativo entran en juego una voz de tercera persona, omnisciente e irónica con un estilo indirecto que nos permite ver la realidad a través de los ojos de sus  personajes y saber qué piensan sin retrasar el ritmo de la narración.

Podría decirse como conclusión que lo que ocurre en la mente de Emma adquiere tanta importancia como lo que sucede en la trama.

 

 

 

 

 

“En busca de la nueva Lucía Berlin”

 

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El maravilloso libro de relatos de Lucía Berlín, Manual para mujeres de la limpieza, una serie de cuentos en los que se percibe su particular capacidad para transmitir la vida sin filtros, de mostrar fragmentos de realidad sin redobles de tambores, ni subrayados ni especiales iluminaciones, logró  ser uno de los más  vendidos del pasado año según la lista del ‘New York Times’, circunstancia que ha puesto a las editoriales españolas tras la pista de autoras anglosajonas de relatos cuya carrera se ha desarrollado en los márgenes como sucedió con las historias de Lucia Berlin, que en palabras de Lydia Davis, “son eléctricas, vibran y chisporrotean como unos cables al tocarse. Y la mente del lector, seducida, fascinada, recibe la descarga, las sinapsis se disparan.” Es cierto que su prosa es tan escueta y veloz como la de Raymond Carver, pero con un toque de Chéjov, que hace que sus relatos tengan una ligereza propia, un elegante y único sentido del humor frente a las situaciones más duras y sórdidas.  “No me importa contar cosas terribles si puedo hacerlas divertidas” cuenta la narradora de una de sus historias.

En sus cuentos siempre resuena su biografía, a modo de variaciones. Primero está la infancia, siguiendo el rumbo errante del padre, ingeniero de minas que llevaría a la familia de Alaska a El Paso para recalar en Santiago de Chile. Con su madre, fría y conflictiva, siempre se llevó mal y es una figura que aparece insistentemente en sus historias. “Mamá odiaba la palabra ‘amor’. La decía con el mismo desprecio que la gente dice la palabra ‘furcia’, escribió en el sobrecogedor relato ‘Mamá’, en el que dos hermanas evocan a su alcohólica y poco maternal madre y compiten por el hecho de que esta dedico su nota de suicidio tan solo a una de ellas.

En  el relato ‘Hasta la vista’ da cuenta de  cómo se fueron a pique sus dos últimos matrimonios. Así que para sacar adelante a los niños, con una escoliosis que le obligaba a llevar pesados corsés, y sin una cualificación profesional concreta, no tuvo más remedio que dedicarse a los más variopintos trabajos, como enfermera de urgencias, telefonista, recepcionista en hospitales, mujer de la limpieza –claro está- y, finalmente, profesora de escritura en distintas universidades, e incluso en un centro penitenciario. Y lo más difícil, poner a raya su alcoholismo que la acercaba sin remedio a las debilidades más odiadas de su madre.

Publicó su obra, seis libros de relatos, prácticamente entre los años 60 y 80, siempre en pequeñas editoriales. Y desde entonces, sin prisa pero sin pausa, las librerías se han ido llenando poco a poco de todo tipo de autoras como Edith Pearlman y su Visión binocular que publica Anagrama. En sus historias hay niñas perdidas y matrimonios obsesionados con abrigos. Hay ironía, clase media y encrucijadas existenciales. Mary Lavin y sus cuentos reunidos bajo el título, En un café. Cuentos que reconstruyen una vida, la suya, en la dura campiña irlandesa. Margaret Drabbke con Un día en la vida de una mujer sonriente donde sus protagonistas se van de luna de miel con hombres que aborrecen y tratan de retomar el control de sus, a ratos, tristes, vidas. Estos y otros títulos más están hoy día en las librerías para que nosotros, los lectores, podamos gozar en primera persona de este momento tan dulce que está viviendo el cuento.

 

 

La vigencia de Virginia Woolf. “Una habitación propia”

 

 

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En este día tan especial para nosotras, las mujeres, quiero recordar a uno de los espejos donde poder mirarnos todas las mujeres. Me refiero a Virginia Woolf y, para ello, nada mejor que recordar su famoso ensayo, Una habitación propia  donde Virginia Woof  reflexiona ampliamente sobre las mujeres y la literatura, dos temas que le apasionan. Para abordar este tema se plantea una serie de cuestiones. Una de ellas es destacar la directísima relación que existe entre la realidad y la literatura. Realmente, la literatura es o tendría que ser un reflejo directo y sin distorsiones de la realidad en que vivimos. Pero no es así del todo, según nos cuenta, ya que el mundo de la literatura está gobernado por hombres que imponen su punto de vista.

Aparece en el libro una imagen metafórica muy representativa que compara a la mujer con un espejo mágico que distorsiona la realidad a favor del hombre: la aparente inferioridad de la mujer hace que el hombre se crezca, viéndose más fuerte, inteligente y poderoso de lo que realmente es.

Según la autora, ¿con qué dificultades se encuentran tanto hombres como mujeres para escribir buenas obras? Con el tiempo, el espacio y la concentración. Si para los hombres ya era complicado adquirir la estabilidad mental adecuada, para las mujeres aún era mucho más difícil. No disponían de habitación propia, indispensable para respirar tranquilidad y poder concentrarse. Además, la mujer estaba obligada a superar algún que otro obstáculo más para poder ser escritora: la idea estereotipada y absurda de la sociedad de la época de que la mujer, aunque albergara mucho talento, no podía escribir una novela.

Uno de los personajes (por supuesto femenino) más representativos del libro es Mary Beton, una chica corriente de clase media que tiene la suerte de poder disfrutar de dos circunstancias muy importantes para la supervivencia de una mujer en un mundo donde sólo hay cabida para hombres: el derecho a voto y el disponer de una herencia de quinientas libras al año durante toda su vida. Sin duda, lo que le pareció más importante fue la adquisición de unos ingresos dignos que le permitiesen olvidar el miedo y la amargura de los días en que había de vivir de la miseria que ganaba realizando trabajos que no la satisfacían, y que era lo único que a una mujer se le permitía llevar a cabo hasta 1918.

Después de polemizar acerca de los valores y de los puntos de vista masculinos y femeninos en la novela, Virginia Woolf nos plantea un esbozo ideal de un plano del alma en el que hay dos poderes: el masculino y el femenino. El estado ideal para escribir, dice, sería el de la fusión de ambos, donde los dos poderes puedan vivir juntos en armonía.

Una habitación propia aboga, bien mirado por un mundo más libre. Un mundo en el que nadie se sienta excluido y todos y todas podamos tomar la palabra.