Ignacio Aldecoa, un clásico en permanente reivindicación.

 

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Después de leer el artículo del País, de miércoles 5 de diciembre, reivindicando la figura de Ignacio Aldecoa de manos del profesor de Literatura en la universidad Autónoma de Barcelona, Fernando Valls, y estando plenamente de acuerdo no solo  por considerarlo  uno de los referentes de la Generación de los 50, sino por reclamar la atención que merece y que le corresponde cómo uno de los grandes de la literatura. No puedo resistirme por la parte que me toca , de  ser hija de canaria,  que resaltar la opinión de Sergi Bellever (Barcelona, 1971) cuando dice que Aldecoa es un escritor “abierto al mundo” Dice de él que fue un viajero abierto al mundo y fascinado por el mar, Nueva York o las islas Canarias, un paisaje mítico al que dedicó su Cuaderno de godo. Dicho esto quiero aprovechar este artículo para recuperar, porque de eso se trata también, la figura de ensayista de Carmen Martín Gaite, quien en tres de sus libros de ensayo, Esperando el porvenir, Agua Pasada y La búsqueda del interlocutor habla de su maestro, de su amigo más querido, Ignacio Aldecoa.

Bajo el epígrafe: UN AVISO: HA MUERTO IGNACIO ALDECOA. Carmen Martín Gaite hace un recorrido sentimental y literario de la figura de uno de los grandes escritores de la Generación de los 50. Comienza su artículo con las palabras que el propio Ignacio Aldecoa pronunció delante de algunos amigos. Antes de caer fulminado por la muerte, escribe Martín Gaite, antes de llegar a ese vertiginoso tránsito que lo convirtió de persona en cosa, Ignacio Aldecoa se miró con susto las manos y dijo a los amigos que estaban con él: “Esto es un aviso” Fueron casi sus últimas palabras. Parece ser que se refería a un hormigueo que sintió en los dedos. Era su premonición de muerte.

Tantas historias de bandoleros, de piratas, de gitanos, de toreros, de guardias civiles, de pescadores, de gánsteres, de mozos, de muertos en riña, de guerrilleros; tantas como conocía, contaba, leía e imaginaba, nos cuenta M. Gaite, tantas como escribió y le quedaron por escribir, tantos poemas y canciones con aquella constante de la muerte que ronda al héroe pero que nunca se abate, con todo, sobre él, por muy veloz que caiga, sin dejarle ese angustioso respiro del aviso, esos instantes para que pueda volver los ojos a un paisaje, a un amigo; todas esas historias y canciones, aunque estaban a punto de borrarse definitivamente del archivo de su memoria, tal vez tuvieron un postrer eco en ella todavía cuando supo en su carne que de verdad la muerte avisa y sintió estar conociendo brutalmente, como de un encontronazo, la premonición de la suya, la que a él le había venido designada.

Aprobados los dos primeros cursos de comunes en la Universidad de Salamanca, Aldecoa despareció, perdí  su rastro. “Yo no sabía -como sé ahora- que era el primer escritor con quien me había topado en la vida, pero aquella preferencia suya por los temas del riesgo y de la gente que vive a cuerpo limpio, aquella distancia alegre para narrarlos me había impresionado y, a veces, cuando menos lo esperaba, se me venían a la cabeza su voz y sus palabras:

Larrigan, mi rubio amigo, /el gángster  de mejor mano/rey del hampa,/dime: ¿por qué te mataron?” P38. Esperando el porvenir.

No se me ocurre mejor forma de cerrar esta reivindicación a la figura de Ignacio Aldecoa que recurrir a la propia Carmen Martín Gaite: “El amigo más antiguo que me quedaba en Madrid y cuya muerte ha entrado a saco como un viento despiadado en el arca de estos recuerdos que parecía aún temprano para revisar. Eran asuntos pendientes, cuentas sin ordenar; se sabía que les llegaría la hora de salir a relucir, pero daba miedo, y ahora hay que hacerles cara, cada uno desde donde podamos y como podamos.

Porque la muerte, ese hachazo fulminante que le hizo decir a Ignacio cuando la sintió abatirse sobre su cabeza: “Esto es un aviso”, es también un manotazo de aviso que se ha desatado sobre nosotros, los amigos de su edad. Y creo que todos lo hemos entendido como tal.

Ha muerto Ignacio Aldecoa: los años cuarenta y cinco, lo queramos o no, empiezan a ser historia”.

Artículo recogido en La búsqueda de interlocutor. (La Estafeta Literaria, noviembre de 1969)

 

 

 

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Una historia contada a media voz: La petición, de Michèle Desbordes

 

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Una vez más, Michèle Desbordes hace gala en su novela, La Petición,  de un estilo depurado, sencillo, íntimo donde la escenas parecen cuadros, unas veces pintados al detalle, y otras a mano alzada, pero en ambos casos circunscritos  por una sintaxis donde la palabra, al igual que sucedía con su libro, El vestido azul, es protagonista de la historia.

El tiempo de la historia lo sitúa a principios del siglo XVI, cuando un anciano pintor, además de ingeniero, escultor y arquitecto abandona Italia para refugiarse en Francia donde el rey le encarga desecar las marismas de Sologne, llevar el Loira hasta Chambord y construir un castillo. A su servicio entra “una silenciosa criada”.

No sigue una cronología de los hechos, antes bien hace un uso del tiempo interior que nos permite a nosotros, los lectores, conocer los pensamientos de los dos protagonistas de la historia: el pintor y la criada. Conocemos a la protagonista desde los ojos del pintor que nos muestra a la criada como una figura dentro de un cuadro. Pincelada a pincelada, va rellenando al personaje con sus acciones. Todo ello narrado con lenguaje pulcro, sencillo, elegante donde prevalece la frase bien construida, la palabra adecuada, la sintaxis envolvente, pulcra.

Es así, con esta técnica tan depurada, como  vamos avanzando en el tiempo de la historia hasta llegar al momento cumbre, aquel en que ambos personajes se encuentran esperando la muerte. Y es, precisamente en este momento, cuando asistimos al acto que le da título al libro: la petición.

Una noche en la que el pintor no sube al dormitorio,  ella aparece en la cocina. No quiere molestarlo, dice, pero siente un dolor en el pecho y  sus piernas ya no la sostienen,  ve acercarse el día en que ya no podrá servirlo. Le cuesta mucho decir estas palabras,  y espera, sobre todo espera, no decepcionarlo. Es por eso que le ofrece su cuerpo. Ha visto sus dibujos, sabe de su interés por la ciencia  y quiere serle útil, servirle hasta el último momento, incluso más allá de su muerte.

Cuesta mucho despedirse de estos personajes pero es tal el oficio de escritora de Michèle Desbordes que aunque la historia haya acabado, esos personajes te acompañan fuera de ella, forman parte de tu vida y te enseñan que en los pequeños detalles la vida puede ser grande, muy grande, como en esta historia.

Finalista del Premio Goncourt 1999.

 

 

 

“Nada que no sepas” Una historia de libertad, de María Tena. Premio Tusquets de novela.

 

 

 

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La señora Dalloway  dijo que ella misma se encargaría de comprar las flores”  Así, recordando a Virginia Woolf, María Tena ganadora del XIV Premio Tusquets de novela con la novela “Nada que no sepas” inicia la entrevista que tuve el placer de escuchar hace dos semanas en el programa de “A vivir que son dos días” de la Cadena Ser. Concretamente un sábado por la mañana. María Tena decía en la entrevista que el comienzo de su novela: “Mi padre dijo que ese día no iríamos al colegio” es un homenaje a Virginia Woolf, una de sus autoras preferidas. Desde que escuché estas palabras dejé lo que estaba haciendo. No perdí ni un solo minuto de su presencia en antena. A las 12 de la mañana ya tenía el libro. Disfruté de un maravilloso fin de semana en su compañía.

No es una historia real, dice la autora. Todo lo que pasa en la novela no pasó, pero podría haber pasado. Aclara que su madre murió en su casa de Madrid con 80 años, mientras que en la novela la madre fallece de forma abrupta en Montevideo cuando la narradora tiene doce años.

Escrita  desde la primera persona. La narradora, que no la autora, haciendo uso de la memoria afectiva, va en busca de un recuerdo de la infancia que le ha perseguido desde los doce años: quiere saber cómo fue la muerte de su madre y por qué no se la dejaron ver a ella y a su hermano. Su crisis de pareja le sirve de vehículo para decidir algo que ya había pensado muchas veces: regresar a Montevideo. Es allí donde puede resolver el misterio. Por eso, sin apenas organizar su casa, su familia, su trabajo, compra un billete y, cuarenta años después, regresa buscando ese paraíso culto, laico, cosmopolita donde se vivía una libertad que no se podía soñar en el Madrid de entonces.

El reencuentro con sus amigas de la infancia, y con algunas amigas de su padre le proporcionan datos sobre su madre. Es Ana, una de esas amigas quien le dice que guarda unas cartas de su padre y de su madre. Y son esas cartas, las que desvelan que fue un accidente de coche el que acabo con la vida de su madre. Un accidente que no tenía que haber sucedido.

Las cartas, sus recuerdos que solo allí, en Montevideo, consigue recuperar, van cosiendo ese vacío en torno a la muerte de su madre. Y los hilos que utiliza son los de ayer que le sirven para tejer la historia de hoy. Una historia donde consigue sentirse orgullosa de su madre a quien considera una mujer valiente: “pienso que mi madre me ha engañado. Tanto contemplarla, intentar adivinar en sus gesto, intentar saber si eran felices…”  Pero estos puntos suspensivos desaparecen cuando recapacita y lo único que queda es orgullo de hija.

Volver de aquella Suiza de América al Madrid de la dictadura de Franco, viajar de la luz a penumbra, fue un verdadero shock para unas crías que veníamos con minifalda y maquilladas”, recuerda la autora. Regresaban del país y la ciudad de Ida Vitale, última ganadora del Cervantes.

 

“Apegos feroces” Una historia sobre la experiencia de ser mujer, de Vivian Gornick

 

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No conocía a la escritora y activista, Vivian Gornick (Nueva York, 1935) La he descubierto en este maravilloso libro, Apegos feroces, donde la autora reconstruye su infancia en un bloque de viviendas de familias judías en el Bronx junto a dos viudas: su madre, cuya temprana pérdida de su esposo la sume en un interminable y amargo duelo; y la despampanante vecina pelirroja Nettie, que al quedarse sola toma el camino contrario y encuentra en el sexo su coto de poder. Los recuerdos infantiles se intercalan con las furiosas discusiones que una Gornick adulta y su progenitora mantienen en sus paseos semanales por Manhattan, con la fuerza, la rabia y el feroz amor con el que una madre y una hija pueden hablarse. Y es así, intercalando pasado y presente como fluye la historia. Esas dos parejas, la mujer joven con su hija y la mujer mayor con su hija adulta, se encuentran en un espacio y tiempo dilatados. Viven su historia desde fuera del tiempo, del tiempo cronológico que marca nuestras vidas para hacer compatibles pasado y presente en un mismo tiempo, el que dura el recuerdo.

Apegos feroces es un libro profundo, impactante, bello. Y lo es de una manera peculiar: escrito con una claridad e inteligencia apabullante y un ritmo que te lleva de la mano; sin embargo contiene también numerosos nudos que  poco a poco van desentrañando la intricada raíz de la que estamos hechos. Y así, deshaciendo nudos, vemos como no puede dejar a su madre a pesar de todas las discusiones, de la falta de reconocimiento por parte de su madre. Todo ello le pesa pero no puede dejarla porque ella es su madre.

El libro se cierra con una última escena en la que para nosotros los lectores es de auténtico privilegio. Y ese privilegio reside en la forma de integrarnos. Mi madre, nos dice la autora rompió el silencio y con una voz sorprendentemente libre de emoción- una voz distanciada, curiosa, que solo desea información me pregunta:”¿Por qué no te vas ya? ¿Por qué no te apartas de mi vida? No voy a detenerte.” Nada te detiene”.

Ella, la autora,  está  iluminada por la luz que entra por la ventana, medio fuera, medio dentro, en el marco de la puerta; no puede irse, tampoco puede quedarse. Solo responde: “Ya sé que no, mamá”

No se va, en mi opinión,  porque a pesar de las dudas de su madre y  de las suyas propias. Ella junto a su madre  se reconoce.

 

“Ordesa” de Manuel Vilas. Una historia extraordinaria.

 

 

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“Ordesa” llega a mí el día de mi santo, un regalo que me hace mi marido. Ha vivido, arrumbado en la estantería donde conviven libros pendientes de lectura, tres meses. Y hace quince días comencé su lectura, una lectura de la que no me he podido despegar. Lo primero y más llamativo para mí es cómo está contada la historia, una especie de biografía de sus padres, o quizás, una autobiografía, un diálogo interior que no monólogo porque en varias ocasiones Manuel Vilas  alude a esa voz que se hace presente, como presente se hacen los fantasmas de sus padres. También reivindica y quiere convocar un tiempo perdido, el de su infancia: “Mi inteligencia se rompe, mi memoria se detiene. No sabía qué era aquello, si bueno o malo. Ningún niño lo sabe hasta que pasa el tiempo. Vuelvo una y otra vez a ese recuerdo, intentando averiguar qué pasó, pero hay un apagón. Tras las caricias, hay un apagón

Es una novela, pegada a la verdad, una  verdad  entre la vida y la muerte, entre la madurez y la infancia, entre padres e hijos: “En realidad, yo nunca supe quién era mi padre. Fue el ser más tímido, enigmático, silencioso y elegante que he conocido en mi vida. ¿Quién fue? Al no decirme quién era, mi padre estaba forjando este libro(…)  Pensé que el estado de mi alma era el vago recuerdo de algo que ocurrió en un lugar del norte de España llamado Ordesa, un lugar lleno de montañas, y era un recuerdo amarillo, el color amarillo invadía el nombre de Ordesa, y tras de Ordesa se dibujaba la figura de mi padre en un verano de 1969.».

Un libro íntimo en  el que se cruzan lo real y lo simbólico; el padre, la madre, el yo, el yo ideal…Y, así, transitando por lo real nos cuenta las partes  más difíciles de su vida, el divorcio, el alcoholismo… la incineración de sus padres. La sensación de autenticidad y de verdad caminan junto a él en esta novela-espejo: “Estoy en el cuarto de baño, cepillándome los dientes y siento detrás a un ser que está siguiendo mis pasos. Son los restos de mi padre y de mi madre muertos, se agarran a mi soledad, se incrustan en mi pelo, sus minúsculas moléculas fantasmales siguen el paseo de mis manos y de mis pies por el cuarto de baño, sostienen a mi lado el cepillo de dientes, miran cómo me cepillo los dientes, leen la marca de la pasta dentífrica, observan la toalla, tocan mi imagen en el espejo; cuando entro en la cama, se ponen a mi lado, cuando apago la luz oigo sus murmullos, y no siempre son ellos, pueden venir con fantasmas enfermos, con fantasmas sucios, horribles, enfurecidos, malignos o benignos, da igual, el hecho de ser fantasma supera al bien y al mal.

Fantasmas de la historia de España, que también es un fantasma. Me acarician el pelo mientras duermo. “

Un escritor que nos invita a encontrarnos con el escalofrío amarillo del sol y de la muerte.

 

 

“Las abuelas” de Doris Lessing

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Las abuelas, escrita por Doris Lessing a los 85 años es una muestra de lucidez  como escritora y como mujer. Se trata de un libro compuesto de relatos, iluminados por la experiencia de la vida; una obra que disecciona insatisfacciones, duelos, diferencias de clases y trampas.

La autora nos cuenta que la  historia llegó a sus oídos a través de una tercera persona. Son cuatro los relatos largos que componen esta historia, el último- es más bien una novela corta- que tratan de la insatisfacción. El segundo y cuarto de ellos se expresan con una imagen parecida: la de la persona pobre o de modesta condición social que accede a una mansión de la clase alta. No es un conflicto de clases lo que se plantea prioritariamente sino el asombro ante el conocimiento del modo de ser de la gente acomodada; es una mirada al paraíso que conlleva la conciencia de su situación seguida de la de pérdida; pérdida no de algo que se ha poseído sino de algo que no se ha llegado a tener.  Y de esa pérdida nos habla el primer relato que da título al libro, un relato que, en principio, establece un planteamiento difícil de tragar: dos mujeres, amigas íntimas, que establecen relaciones sexuales cada una con el hijo de la otra sin que merme su amistad. Solo las bodas de los hijos pueden romper esa compleja y, a la vez, fácil relación doble; es decir: otras mujeres. El previsible resultado es altamente dramático, pero lo más interesante es ver cómo una historia tan difícil de sostener, tan excesiva, funciona en cuanto el lector descubre que la anécdota está trascendida por un análisis de las relaciones afectivas de gran calado. Lo que parece artificial se acaba convirtiendo en una situación de gran fuerza donde dos maneras de enfrentar el mundo se suceden en el tiempo: la fortaleza de las madres (ya abuelas) en cuanto a la elección de sus vidas frente a la fragilidad de los hijos que las suceden; las convicciones frente a las indecisiones.

La gran riqueza que muestran estos relatos es la de una Lessing en estado puro, sabia, lúcida, que  no teme enfrentarse a cualquier historia porque sabe lo que quiere y sabe que puede hacerlo. Lo consiga o no, esa confianza está a la vista y procede de años y años de escritura e inteligencia. Así mismo, su capacidad para describir con todo lujo de detalles las acciones es pasmosa: la gravedad de un momento, de un acto concreto, de un mínimo matiz en el rostro. Todo ello lo subraya con el deseo de  resaltar la gravedad o la importancia del momento.

 

A Virginia le gustaba Vita. Una historia de amor

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Yo sueño con el día en que una mujer pueda escribir un texto literario, destinado a ser público, no en una carta personal que Virginia ama a Vita, con toda tranquilidad y dejando claro que amar y buscar el abrazo físico y el placer sexual son radicales de la misma etimología. Semánticas idénticas. Sinónimos innegables”

A Virginia le gustaba Vita, publicada por la editorial Dos Bigotes, no es una novela convencional y ahí reside la magia de este libro. Pilar Bellver ha hecho un trabajo literario excelente. El libro cuenta la historia de amor entre Virginia Woolf y Vita Sackville-West, una historia que ha llegado hasta nosotros a través de las cartas que ellas se escribían. Con ese material, Pilar ha elaborado una novela que mezcla la ficción con la realidad. Se trata de una suerte de correspondencia entre ambas mujeres ideada a través de las cartas reales, con algunos fragmentos literales de ellas y la imaginación de la autora. Un ejercicio de fantasía maravilloso. Aunque muchos fragmentos provengan de la imaginación de la autora, incluso en ocasiones podemos sentir la presencia de ambas, es amor lo que desprende esta novela, amor y amistad entre dos mujeres extraordinarias, amor que permaneció durante toda sus vidas. Le dice  Vita en una carta a Virginia: “Te amo porque te admiro y te deseo porque me impresionas“. Soy de la opinión que el amor surge de la admiración que sientes por el otro, o la otra, como en este caso. Y Vita siente una profunda admiración por Virginia tanto por su escritura como por su persona a quien la califica de ser muy inteligente. ¿No es bonito este amor? También lo es esta novela escrita desde la admiración por una de las escritoras más influyentes e inteligentes del siglo XX.

Al escribir, dice Virginia a Vita, transmitimos suficiente porción de verdad como para quien lea pueda reconstruir por su cuenta la verdad entera” Ahí reside el maravilloso ejercicio que ha realizado Pilar Bellever. En todo momento somos cómplices de ese juego que nos propone la autora y que nos plantea dudas sobre si lo que leemos es producto de su imaginación o  es realidad.

Una correspondencia puede estar tan capada y maquillada como un libro de ficción. Y en el caso de Virginia Woolf no deberíamos esperar menos: si se contenía a la hora de escribir en sus diarios para que su esposo Leonard no se llevase impresiones, ¿por qué no iba a hacer lo mismo con las cartas que enviaba a Vita? Es muy significativa su reflexión a este respecto: “Escribo novelas que no son menos verdaderos que mis diarios, a veces lo son más, más comprometidas y más sinceras, pero no me exponen tan desnuda a los ojos indiscriminados de quienes las leen como me expondría un diario.” Por eso este  ejercicio de Bellver, resulta tan bello e interesante; porque es un libro que se aparta del clásico libro que recopila un conjunto de cartas a las que nadie se ha atrevido a tocar, salvo para añadir notas a pie de página para posibles explicaciones. Así que es maravilloso y ambicioso lo que logra Pilar Bellever con esta novela ya que, en todo momento, trata de imitar las voces de Virginia Woolf y de Vita. Un ejercicio de lo más arriesgado y del cual ha salido victoriosa.

 

“Frankenstein”

 

 

 

 

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Fue a principios de  este verano, en la sala de exposiciones de la biblioteca pública de mi ciudad, Zamora, donde tuve el privilegio de ver los de adaptaciones como novela gráfica de los textos de “Alicia en el país de las maravillas” de Carroll, “El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde” escrito por Robert Stevenson y “El hombre que fue jueves” de Chesterton, realizados por Marta Gómez Pintado. Pero el primer ámbito de la exposición lo integraban ilustraciones de Hichcock y  Mary Shelley, la madre de Frankestein, y fue, precisamente esta ilustración donde aparece la autora y la silueta del monstruo, la que me llevó de nuevo a Frankestein. Debo confesar que, pasados los años, y muchos, por cierto, ha sido todo un descubrimiento  disfrutar no solo de cómo está contada la historia con un punto de vista a tres voces: Victor Frankenstein, el capitán Walton y el propio monstruo, que también sino de cómo está tratada la soledad que, al fin y al cabo, es el tema central de la obra. Una soledad sentida en mayor o menor medida por los tres personajes protagonistas.

En cuanto al subtítulo, El Moderno Prometeo, hace alusión al mito griego que cuenta como uno de los Titanes creó a la humanidad a partir de arcilla y agua. Del mismo modo, Víctor Frankenstein recrea la vida rebelándose contra las leyes de la naturaleza. Y al igual que Prometeo recibe un castigo, en su caso perder todo lo que le era querido y vivir con el temor de ser asesinado por su propia creación: “Consideraba a este ser con el que había afligido a la humanidad, este ser dotado de voluntad y poder para cometer horrendos crímenes, como el que acababa de realizar, como mi propio vampiro, mi propia alma escapada de la tumba, destinada a destruir todo lo que me era querido”

Otro de los grandes temas explorados en la novela es la relación entre el creador y su obra y la necesidad universal de amor y aceptación tanto por parte de los padres como de la sociedad. El rechazo de Víctor hacia su obra provoca en la criatura sentimientos de aislamiento y alienación, despertando una ira y un resentimiento que canalizará asesinando a los familiares, amigos y amante de Víctor: “Como a Adán, dice el monstruo, me habían creado sin ninguna aparente relación con otro ser humano, aunque en todo lo demás su situación era muy distinta a la mía. Dios lo había hecho una criatura perfecta, feliz y confiada, protegida por el cariño especial de su creador; podía conversar con seres de esencia superior a la suya y de ellos adquirir mayor saber. Pero yo me encontraba desdichado, solo y desamparado.”  Las cartas escritas al principio del libro por el capitán Walton están repletas de sentimientos de soledad al no encontrar un alma gemela con quien compartir su entusiasmo; Víctor Frankenstein experimenta miedo y ansiedad a lo largo de toda la narración y el rechazo que sufre el monstruo por parte de todos los que encuentra en su camino perturban su naturaleza hasta convertirlo en un ser solitario, despiadado y vengativo.

Frankenstein es un gran relato gótico, una recreación en términos altamente melodramáticos del propio aislamiento de Mary Shelley de la sociedad humana normal. Pero también es mucho más que eso. Hijo de la electricidad, la criatura de Shelley pertenece al siglo XIX, un mundo de experimentos científicos, utopías, revoluciones, descubrimientos y exploraciones. El  monstruo representa una abominación contra la naturaleza, y porque se siente solo, frustrado por todo lo que le rodea, es condenado a vivir una vida sin más compañía que la que le proporciona la naturaleza que le rodea y de la que se siente excluido.

 

 

 

Marguerite Duras y “Un dique contra el pacífico”

 

 

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Para cualquier conocedor de la obra de Duras, la figura de la madre, tal y como aparece en la formidable Un dique contra el Pacífico, es la de una mujer que lucha contra el destino, una heroína desesperada que se enfrenta a las olas del océano como batalla contra la corrupción administrativa. Pero, al mismo tiempo, la autora nos la muestra porque es así como está escrita la obra, mostrando, no narrando. Y, así, mostrando, la madre aparece como una luchadora desequilibrada, como alguien que no soporta la menopausia, que tiene grandes dificultades para manejar hijos y criados, alguien que empuja a su hija a la prostitución para que su amante le pague, a ella también, noches de copas en Saigón, lejos de la ruinosa casa, que no se encuentra frente al Pacífico, sino ante el mar de China.

Ni bella, ni descendiente de la burguesía intelectual y pensante, ella, Margarite Duras,  se desarrolló a través de su escritura haciendo de cada una de sus obras un trazo de los momentos que le impactaron. Por eso la evocación de Indochina es muy fiel, ella  la convierte en el lecho de su escritura donde evoca paisajes llenos de olores, de ruidos y, por encima de todo, las aguas de los ríos, del Mekong, y del Océano Pacífico. En este viaje circular que desarrolla de forma magistral en Un dique contra el pacífico, M. Duras se mueve con una conciencia muy aguda entre ambientes sensuales, oscilando entre una sinfonía de cuerpos y paisajes escritos, y una realidad social dolorosa que se enfrenta a las sorpresas de los desastres naturales.

La escritora tiene el arte y la genialidad de comulgar con todos los antagonismos de una misma situación para mostrar en la alternancia del discurso directo e indirecto, la belleza de su escritura. Y para ello, su escritura oscila entre los acontecimientos vividos y el recuerdo de ese pasado que nos llega como un presente inmediato, logrando una tensión visual en toda la obra.

Es en la novela “El Dique contra el Pacífico”, que encontramos con fuerza y veracidad la realidad social y humana de esa Asia,  del dolor y de la colonización. Y es en esta realidad  donde su madre tiene que enfrentarse sola la crianza de sus tres hijos.

Por eso, esta novela podría llamarse la novela de la Madre porque está escrita desde  la conciencia y el compromiso de esa madre que se encuentra  con un mundo colonial donde no todos los blancos eran millonarios ni altos funcionarios y que, al igual que los colonos, vive intentando ganar tierra frente a las amenazas devastadoras de los tsunamis.

En esta novela  están mostradas todas  las raíces del universo literario y humano de Margarite Duras. En sus páginas encontramos la revelación más real de esa Asia del sureste, que forjó su temperamento y su escritura. Es “el Dique” la misma resistencia que empleó Margarite frente a los acontecimientos dolorosos de su vida. Considero  que frente a una escritora tan intensa vale la pena volver a esta  obra porque en ella nos vamos a encontrar con la matriz que más tarde desarrollará en El amante y gran parte de su obra posterior.

 

Una atmósfera vaporosa, melancólica. “Nocturnos” de Ishiguro

 

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Oh, cómo te amaría, noche,

sin tus estrellas, cuyas luces nos hablan un idioma sabido.

Yo busco lo vacío, lo negro, lo desnudo”

Baudelaire

 

Es difícil expresar con palabras lo que Chopin expresó de manera inmejorable con notas: tristeza, alegría, vida, dolor, nostalgia; todo, absolutamente todo, está en Los Nocturnos. Chopin estableció en la veintena de nocturnos que compuso entre 1814 y 1835 un modelo cuya denominación atiende a la sugerencia del ambiente poético y misterioso de la noche. Es por esta razón y, por supuesto, por alusión al título de Nocturnos que Ishiguro elige para este libro, por lo que me permito hacer un pequeño paralelismo entre esa atmósfera que Chopin muestra en sus nocturnos y estas cinco historias de Ishiguro.

La música es un arte de inmersión, al igual que el agua solo se puede disfrutar a través de la experiencia de los sentidos. Ishiguro, como un extraño consumado, atrae a sus narradores en primera persona a un banco engañosamente tranquilo para enfrentarlos con el centro de cada historia desde ese ambiente poético y misterioso de la noche.

Al igual que le sucede a Chopin, Ishiguro crea en “Nocturnos” una atmósfera vaporosa, melancólica, a veces casi patética, convirtiendo en mensaje personal lo que, hasta ese momento solo era una ensoñación; porque Ishiguro ha dicho en entrevistas que concibió el libro de manera holística, casi como una pieza de música en cinco movimientos. Y así, como un ciclo, la colección comienza y termina en el mismo lugar, Italia, y contiene modulaciones de tono que serían difíciles dentro de una sola historia.

El rimo libre y flexible que Chopin incorpora en la mayoría de sus piezas pianísticas es algo que, en mi opinión, muestran las historias que componen este libro de Ishiguro. Es un algo que flota en todos los relatos y que los envuelve de un carácter especial: cada cuento desempeña una función en el universo total, incluso el último cuento supone una inversión del primero. En éste Tony Gardner deja a su mujer por una joven, mientras en el último el artista se ve abandonado por la mujer, que huye con un rico anciano de Oregón. El cantante, los músicos, interpretan esos números dulzones, pegadizos, en los cuales se evocan las emociones del ayer, clavadas en un presente doloroso, donde el éxito se perdió ya en la juventud.

Oh, cómo te amaría, noche,

sin tus estrellas, cuyas luces nos hablan un idioma sabido.

Yo busco lo vacío, lo negro, lo desnudo”

Baudelaire