El espejo como “vehículo narrativo”. NARCISO

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Desde el reflejo de nuestros ancestros en las aguas tranquilas de un lago hasta los primeros azogues de cobre o la imagen que de nuestro propio rostro recibimos a diario, el espejo ha sido siempre un objeto cautivador  cuyo poder nos fascina y nos somete. Los espejos deforman e invierten pero también revelan lo que somos y duplican lo que vemos. Del autoconocimiento, de la superstición al infinito establecido entre dos espejos enfrentados, quiero recorrer las luces y las sombras de escritores como Ovidio con su relato de Narciso (Siglo I d. C.); de Carmen Martín Gaite en obras como, Nubosidad Variable, El cuarto de atrás; de Virginia Woolf con su cuento, La mujer en el espejo; de Juan Cruz, en un Golpe de vida y Ojalá Octubre; de Florencio Argüelles en, No encuentro mi cara en el espejo.

Así pues voy a comenzar necesariamente por el mito de Eco y Narciso tal y como lo cuenta Ovidio en Las Metamorfosis, y que fija ya para siempre el arquetipo esencial con todas sus connotaciones de amor, belleza, vanidad, identidad, otro yo, doble, desaparición, caída, puerta, transformación,  magia…

El espejo de Narciso es el primer espejo verdaderamente fiel. Los elementos principales del relato son: Narciso, el estanque, Eco y la flor. No podemos entender el mito si no ponemos en relación todos los elementos que lo constituyen.

Ovidio cuenta dos mitos al mismo tiempo. Uno trata de los ojos: Narciso se mira en el  estanque, se ve a sí mismo y se enamora. El otro trata de los oídos: Narciso le habla a Eco, pero ella lo único que puede hace es repetir lo que él dice porque ha dejado de ser dueña de su propia voz. Podría argumentarse que el verdadero tema del mito ovidiano no es el amor, ni la vista, ni el oído, sino otra cosa totalmente diferente: la posibilidad de la interpretación. Ovidio habla de reflejos en el agua y de ecos en el aire. Esas palabras repetidas de Eco, son en realidad, reflejos, reflejos de palabras. Un espejo hace rebotar rayos de luz y veo mi rostro; una pared hace rebotar ondas sonoras y escucho el eco de mi voz. Eco y reflejo son lo mismo. Ésa es una de las muchas cosas que dice el mito. Narciso se enamora de sí mismo al verse en el estanque, pero no se enamora de Eco porque no puede sino repetir sus palabras. El problema de Narciso no es que no sepa ver otra cosa más que a sí mismo, sino que al ver su reflejo se da cuenta de que él es otro.  Narciso, al mirarse en el estanque, se ve a sí mismo como mundo. Se da cuenta de que él no es esa interior sima oscura desde la que nos asomamos a la luz del mundo a través de las ventanas de nuestros ojos. Ve que él también es mundo, también es imagen. Por eso se transforma en flor.

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El primer lector que creyó en Marcel Proust.

El escritor Marcel Proust en una sesión fotográfica.

Marcel Proust (1871.1922) escribió miles de cartas, muchas de ellas para no tener que hablar. Eran un sustituto de la conversación, y casi una manía, como demuestra que para comunicarse con su madre algunos días prefería dejarle largas notas al lado de un jarrón. Philip Kolb, encargado de la edición canónica de su correspondencia, reunió más de cinco mil cartas, y consideraba que eso significaba una décima parte del total. Doscientas de las que se cruzaron Proust y el editor crítico Jacques Rivière ven ahora la luz en español en la edición La uÑa RoTa. Su traductor, Juan  de Sola, pondera la relevancia de estas cartas por cuanto Rivière fue “la persona que se tomó en serio a Proust de verdad”  “su primer detector” .

Perdida la primera carta que Rivière le dirigió a Proust, se conserva la respuesta de este del 7  de febrero de 1914, que empieza con un ” Al fin encuentro un lector que intuye que mi libro es una obra dogmática y una construcción”. Y qué felicidad me depara que ese lector sea usted”. Ese día se fundó su “amistad espiritual”. Una amistad de respeto y admiración. Juan de Sola recuerda que en aquel momento Proust era un escritor “mundano y ligero”, que había publicado sin éxito Los placeres y los días (19896), mientras que Rivière pasaba por ser un personaje conocido “en el mundo literario”.

Fue precisamente Rivière que fascinado por la lectura de Por la parte de Swann recomendó a André Gide y a Gaston Gallimard que tratasen de publicar los siguientes volúmenes en NRF. En 1916 Proust recibió las primeras pruebas de A la sombra de las muchachas en flor, el segundo volumen de su proyecto literario.

La correspondencia se mantuvo hasta pocas semanas antes de la muerte de Proust, que febril, en su última carta se mostró ofendido por una líneas que Rivière propuso rehacer con vistas a dar un adelanto en la revista de la siguiente novela. “Querido Jacques, discúlpame pero uno te odia cuando ve que para ti no existe la vida de los demás, el alma de los demás, sino solo diez líneas, aunque sean tan malas que lo echen todo a perder“. A la muerte de Proust, Rivière colaboró decisivamente en la edición de los volúmenes  póstumos de En busca del tiempo perdido.

Recogido en la sección de Cultura del periódico  El País del viernes 1 de diciembre de 2017.

Lolita, la obra maestra de Nabokov

 

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El estreno de la  película de Isabel Coixet, La librería, me ha permitido disfrutar de nuevo de esta maravillosa novela de Nabokov, Lolita.

Cuando sale a la venta la controvertida novela “Lolita” de Vladimir Nabokov –la obsesión de un hombre de mediana edad, Humbert Humbert, por una niña de doce años y llega a la librería de Florence, los resquemores de la ciudad con la librera (en particular de la señora Gamart) alcanzarán su punto máximo.

Esta novela llegó a mí como un impactante trueno que no escuché; bien es cierto que era muy joven cuando la descubrí y, lo que en principio fue un texto demasiado abigarrado, ahora, desde mi perspectiva y con el bagaje de muchas lecturas en mi haber, opino que Lolita es una novela cargada de recursos propios de la poesía y con una maravillosa técnica literaria.

La gran obra de Nabokov ofrece una narración en primera persona que no es otro que el escritor del supuesto manuscrito, Humbert Humbert (o H.H.) Su narración es subjetiva y nos ofrece de modo irónico y de primera mano, los tintes de su oscura y secreta obsesión, que llega a ser tan grande que centra casi la totalidad de sus pensamientos en las nínfulas y, por consiguiente, en Lolita. Su narración desborda lirismo en cada frase, en cada párrafo, en cada capítulo, más impactante que el anterior. El lenguaje se convierte en un rasgo funcional al mismo nivel que el de la protagonista. Todo se sugiere a través de la palabra sensual en la que importan las uñas pintadas de los pies de la nínfula tanto como el sonido de su nombre: Lo-li-ta. Nabokov sabe que es imposible decir lo mismo de otra manera y que la textura de su lenguaje es tan atractiva, provocadora y morbosa como lo que nos está contando. De hecho, Lolita no sería lo mismo sin este lenguaje provocativo, sensual como la protagonista.

Nabokov supo crear un clima emocional dominado por las pasiones de un demente, y, probablemente se basó en el secuestrador de mediana edad de Florence Sally Horner, una niña de 11 años, sucedido en 1948. Su idea principal parte de esta obsesión ya mencionada y se va desgranando a lo largo de la novela, dando paso a temas secundarios que siempre se muestran como el trasfondo perfecto para la obra. Dichos temas están relacionados con la condición del profesor Humbert o bien con la sociedad que empieza a conocer a través de Lolita y son: el erotismo, el romanticismo, la autocomplacencia social y personal, la relatividad moral y ciertos trastornos psicopatológicos de la conciencia humana.

Aunque la obra de Nabokov recibe el título de novela erótica y, en su día, fue considerada incluso pornográfica, aunque muchos lectores tengan en mente que Nabokov pudiera ser en su día un perturbado observador de nínfulas como su protagonista Humbert Humbert debido a la “realidad” que aporta el retrato de este personaje; Nabokov en el epílogo de Lolita nos dice: “Es muy cierto que mi novela contiene varias alusiones a las necesidades fisiológicas de un pervertido. Pero, después de todo, no somos niños, ni delincuentes juveniles analfabetos”

Con una mente un poco abierta y teniendo en cuenta la capacidad creativa de Nabokov es fácil pensar que llegara a inventar personajes tan verosímiles. Pero no por ello, tiene que haberlo experimentado en sus propias carnes. ¿O es que un escritor de novela negra tiene que ser necesariamente un asesino en serie? La respuesta es bien simple: por supuesto que no.

Lolita, en definitiva, es una obra maestra del siglo XX. Un clásico moderno, sutil y bello por un lado y complejo y agresivo por el otro. Su lectura es densa pero la precisión con la que su autor distribuye sus múltiples recursos literarios hará que quieras seguir leyendo hasta el final.

Odiarás a su protagonista, pero apreciarás su manuscrito. Lolita es una obra que te marcará de un modo especial. No obstante, no es apta para mentes cerradas, pues podrían malinterpretar el mensaje o la condición de Vladimir Nabokov que, según él, “pertenece a esa clase de autores que al empezar a escribir un libro no tiene otro propósito que librarse de él.”

 

 

 

“Los restos del día.”de Kazuo Ishiguro, galardonado con el Nobel de Literatura

 

 

 

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“En un tiempo en que impera la incertidumbre sobre los valores del mundo, sus líderes y su seguridad”, el escritor  británico Kazuo Ishiguro, galardonado el pasado jueves con el Nobel de Literatura, espera que el hecho de que alguien como él reciba “este magnífico honor” contribuye a “alentar, aunque sea de una manera pequeña, las fuerzas de la benevolencia y la paz”.

Con estas bellas palabras por parte del flamante Nobel de Literatura, quiero demostrar mi entusiasmo por la concesión de dicho premio, comentando una de las novelas más emblemáticas del autor, en la que aborda con gran delicadeza los rituales de la aristocracia británica vista con enorme sutileza y espíritu crítico por un mayordomo dotado de una gran sentido de la observación para contar detalladamente los usos y las maneras de esa clase social vista desde su posición.

Sin más dilación, procedo a comentar Los restos del día,  una novela profundamente conmovedora a pesar de que el narrador  protagonista, Stevens, viva en todo momento por y para su trabajo de mayordomo, incapaz de entender un chiste, de admitir un solo sentimiento. Una gran historia de la Segunda Guerra Mundial en la cual el  narrador protagonista  solo nos cuenta aquello que corresponde a su cargo, no registrando en ningún momento lo que ocurre a su alrededor y, por último, un romance entre dos personas que no se tocan, solo la mirada es la protagonista del romance.

Escrita desde la primera persona  las palabras en cada momento sirven de soporte para trasladarnos cómo sueña, piensa y se comporta un mayordomo inglés de la primera mitad del siglo XX. Un reto difícil de sostener durante las 250 páginas que componen la novela.

La peculiaridad de Stevens como narrador es que en ningún momento da opinión alguna sobre su enamoramiento o sobre el derrumbe moral de Darlington. Como buen mayordomo inglés de aquel entonces, está incapacitado para la reflexión. No puede siquiera titubear cuando recibe una orden, ni poner en tela de juicio el carácter o las motivaciones de quien la emite.. La maravilla de este libro es que logra transmitirnos todo ese universo a pesar de las restricciones que el autor mismo se impone. El lector juega un papel importante dentro de la novela: conocemos qué piensa y siente el protagonista aun cuando él no puede saberlo ni verse a sí mismo con honestidad.

Es gracias a esa contención que la novela conmueve tanto al final, cuando Stevens, ante el desengaño, admite lo que ha sentido por la señorita Kenton durante este tiempo: volver a ver a miss Kenton, lo enfrenta a su soledad. Ella se muestra como una mujer sensata que ha sabido formar una familia y tiene una vida propia. La llegada de un nieto la renueva, enriquece su mundo afectivo, le proporciona ilusión y esperanzas. ¿Y él qué desea para el resto de sus días?

Si bien es cierto que miss Kenton reconoce abiertamente que hubiera preferido casarse con él, también le cuenta que ha encontrado una vida muy aceptable con su marido. Por primera vez en la novela, Stevens dice: “…sentí que se me partía el corazón”.

Esta frase es reveladora, significa una apertura, un cambio en su discurso, como si algo hubiera despertado dentro de él.

El final de Los restos del día es alentador. Reconocer la soledad es el primer paso para combatirla, o para buscar una salida al vacío. Si Stevens reconoce que puede intentar el lenguaje de las bromas con su nuevo amo americano, romperá con el pasado que ya no existe. El mundo que él amaba y en donde se sentía seguro desapareció con la guerra. Stevens descubre finalmente que hay que cambiar, resistirse es una manera de morir.

 

 

“El placer de la lectura” por Carmen Domínguez

 

 

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A la lectura  no se le puede fingir atención: hay que tenérsela. La lectura y los libros son el más asombroso principio de libertad. En el silencio de la escritura cuyas líneas nos hablan, suena una voz distinta y renovadora. La literatura nos ofrece la posibilidad de entrar en un mundo que, sin su compañía, jamás habríamos llegado a descubrir. Una de los prodigios más asombrosos de la vida humana, de la vida de la cultura, lo constituye la posibilidad de vivir otros mundos, de sentir otros sentimientos. La literatura no es solo principio y origen de libertad intelectual, sino que ella misma es un territorio con infinitas posibilidades. Los libros son puertas que nadie nos puede cerrar. La literatura nos enseña a mirar mejor este mundo de las cosas aún no bien dichas.

El acceso a la literatura depende de la prisa por conquistarla. Solamente a base de paciencia podemos habitarla . Cuando abrimos un libro nos sumergimos en diferentes historias hasta olvidarnos de la nuestra. Otras veces llegamos a descubrir cosas de nosotros mismos a través de sus personaje. Una buena historia es un buen refugio donde aliviar nuestra alma.

Mi madre ha muerto, el mundo ya no es un lugar agradable, no se ha parado ante la pérdida de un ser tan maravilloso, tan digno de ejemplo. Durante mucho, mucho tiempo no atino a conectar con la realidad que me envuelve. Me niego a aceptar que el mundo siga su curso y que mi madre no forme parte de él. Decía Freud que las palabras y la magia fueron en principio un misma cosa. ¿Es por eso que seguimos buscando refugio en los libros cuando la vida nos agrede de forma tan dramática? Mi relación con la literatura ha sido la de un bote salvavidas a donde me he agarrado con fuerza, un alivio balsámico que me ayuda a combatir esos momentos de frustración y desasosiego ante algo tan doloroso como la pérdida de mi madre.

Soy una lectora voraz y reconozco que tanto las bibliotecas como las librerías son un botiquín eficaz para el alma. El eco de las palabras, su ritmo, y las imágenes con una gran carga emocional inundan y activan mis recuerdos. Cuando leemos un texto inteligente y seductor, el mundo se vuelve más habitable, y por ende la relación con nosotros mismos es más grata.

Entre las bondades de la ficción, la primera es la de llegar a conocernos mejor. Con un libro entre las manos se abre ante nosotros un terreno ilimitado para experimentar un sinfín de circunstancias. Empatizamos  con otras maneras de pensar. La lectura, además, es una aventura intelectual trepidante. Muchas veces leer no es solo hacerse una idea de lo que el escritor nos dice, sino irse de viaje con él.

Leer nos vincula con nuestro yo más íntimo, un bien valioso para mantener cierto equilibrio en estos tiempos de distracción. “La lectura, decía María Zambrano, nos brinda un  silencio que es un antídoto para el ruido que nos rodea. Nos brinda un estado placentero similar al de la meditación.” Ese espacio amoroso que un lector crea con su libro no admite otra presencia. Es ese espacio del niño que lee bajo la manta a la luz de una linterna cuando se le ha ordenado dormir, el del adolescente acurrucado en el sillón para quien el único tiempo que transcurre es el del cuento que está leyendo, el  del adulto aislado de sus congéneres,  que encuentra su placer en un mundo creado sólo para él. Proust volvía al comedor una vez que la familia había salido a pasear para hundirse en el libro que estaba leyendo, rodeado solamente de los platos pintados colgados en la pared, del almanaque, del reloj. Todos objetos, nos dice, “muy respetuosos de la lectura” que “hablan sin esperar respuesta y cuya jerga, a diferencia de la de los humanos, no trata de reemplazar el sentido de las palabras leídas con un sentido diferente”. Dos horas de placer hasta la entrada de la cocinera que, con sólo decir “así no puede estar cómodo. ¿Y si le traigo una mesita?”, lo obligaba a detenerse, a buscar su voz desde muy lejos, a sacar las palabras de su escondite detrás de los labios y a responder, “no, gracias“, con lo cual el encanto quedaba roto. El placer de la lectura no admite terceros.

Carmen Domínguez.

“El agua” vehículo de su infancia en: El territorio de la memoria

 

 

 

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En El territorio de la memoria Juan Cruz reconstruye el mundo de su infancia,  un mundo lleno de matices y de una hondura que sólo es posible reconocer desde los ojos de un niño. Escrito poco después de que falleciera su madre, es un libro dedicado a  romper el silencio que les dejó a él y a sus hermanos la ausencia de la madre. Acompañan al texto un maravilloso prólogo de José Luis Sampedro donde nos muestra las afinidades que ambos escritores han compartido a lo largo de su vida. Afinidades como la del “agua como  principio de todas las cosas”  Y la más importante, la  figura de la madre. Ellas les contaban cuentos porque, por suerte, dice José Luis Sampedro  no existían los televisores. Y, así como las madres les emparejan, también las lecturas, como el caso de Kipling al que ambos admiran profundamente. Y Cortázar, cuya influencia en el caso de Juan, es evidente en el cuento que cierra este libro.

En este inventario sentimental, la voz de la madre es la que tiene una mayor resonancia. No faltan ni el mar ni los olores ni las palabras ni la escuela o los animales. Incluso las lecturas de Kipling, Beckett, Sartre o Cortázar tienen un hueco en este libro. Precisamente el poema “If”, de Kipling, ha acompañado a este periodista y escritor durante toda su vida; cuando tenía muy pocos años él copió el poema en una de las paredes de su casa, su madre le obligó a borrarlo y él lo hizo con la uña, dejando unos surcos en la pared que todavía persisten en la casa familiar.

Es el  agua la clave de este libro. En torno a esta palabra giran todos sus recuerdos y reflexiones. Agua equivale a salud. Si yo pudiera, dice su madre: “Si yo pudiera estaría siempre donde nace el agua(…) Recostada en la cama, bebía agua mirando a mis ojos ya con sus ojos blancos, aquel sabor que le traía el agua de la tierra, la tierra madre del agua, y ella soñaba con levantarse un día de aquellas sábanas para ir al lugar donde fuera posible asistir al milagro que ella adivinaba del fondo de la tierra. “

Pero también es tiempo: ” Siempre creí que el agua comunicaba a la gente de un océano a otro, de un continente al otro, de una isla a otra. Ahora sé que el agua es el tiempo, y que cuando mi madre la pedía con aquella insistencia lejana de sus últimos días no estaba demandando precisamente agua, sino la mano que la alejara del dolor y del tiempo. Hoy toco el agua como quien se acaricia la infancia”.

Incluso distingue los diversos olores del agua: ” …cómo que no tiene olor el agua: lo adquiere y lo pierde. El olor de la lluvia y el olor del vaso de agua en la mesa de noche, el olor del agua que pasa por encima de la cabeza de los niños, el olor de las lágrimas, el olor azufrado del sudor de los hombres que trabajan el campo, el olor del agua que cae sobre los jardines, el líquido desparramado y aleatorio que salpica las rosas de los jardines y se queda exactamente como la gota única en las hojas verdes de las plantas. El agua que huele al tiempo y a la humedad del tiempo.”

Pero el agua no es el mar. El agua del mar, nos dice Juan Cruz, es más simbólica que el agua a secas:”oculta desde su exterior desigual una geografía que se puede adivinar por la experiencia de la tierra. No tiene secreto alguno: rocosa, o llena de musgo, pero tan evidente como la memoria. El mar es la superficie; la superficie es el misterio”

Y, por último, el mar tiene para Juan ese aire infinito que tiene lo inexplicable: “No es lo mismo hablar en la montaña, o en alta mara, que hablar en la orilla. La orilla es el rumor que trae el mar para dejarlo en tierra(…) El mar es un diálogo permanente con el olvido. Por eso trata de rescatarlo, poner en orden el pasado, convertirlo en obra de arte que hace que el mar sea la metáfora del mar cuando se hace libro, pintura, fotografía, literatura, mar en suma. La superficie del mar es el cuadro que se ve en nuestra memoria cuando se juntan, en la locura del desorden del recuerdo, todas las percepciones de es que capaz el hombre.”

No se me ocurre mejor cierre para esta reseña que recurrir a unos versos del poema de “If” de Rudyard Kipling:

Si puedes hablar con multitudes y mantener tu virtud

o pasear con reyes y no perder el sentido común;

Si ni los enemigos ni los queridos amigos pueden herirte;

Si todos cuentan contigo, pero ninguno demasiado;

Si puedes llenar el minuto inolvidable

con un recorrido de sesenta valiosos segundos.

Tuya es la Tierra y todo lo que contiene,

y —lo que es más— ¡serás un Hombre, hijo mío!

 

 

 

Juan Cruz se reconcilia con la infancia en: Edad de la memoria

 

 

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La infancia, la memoria, la vida…Una reconstrucción melancólica, honda, conmovedora la que nos ofrece Juan Cruz en Edad de la memoria, uno de sus libros de poesía donde la esencia de la mayoría de sus poemas es su niñez.

Aparecen a lo largo de este libro de poemas recuerdos de su niñez, reflexiones a propósito del tiempo, algo que muchas veces tratamos como flor de invernadero. Es, la memoria, la narradora protagonista de todos sus poemas; sin embargo, a veces, esa memoria es involuntaria. Son los sentidos los que la estimulan. No es una memoria afectiva como sucede cuando vas en busca de un recuerdo y lo recuperas desde el momento presente, sino una memoria estimulada por un olor, unos geranios mustios… como es el caso del poema que lleva por título,: Hubiera sido mejor perder la memoria.

Hubiera sido mejor perder la memoria

pero ahí está,

nadie elige la secuencia del recuerdo,

ni cuando aparece el olor,

desaparecer de ti,

hacerse humo en un escaparate,

escalera hacia la azotea de la nada

donde florecen los geranios mustios,

ajenos a las consecuencias del verano.

En aquella edad tan breve

se asustaban sin razón los pájaros,

y tú tratabas de cogerlos con las manos.

Todos se escaparon

a la vez y pareció mucho tiempo

el que pasó entre uno y otro,

y no,

fue solo una décima de segundo, una nada,

un tiempo en todo caso muerto

del que no quisiste tener memoria.

Juan Cruz nos habla desde ese desdoblamiento con “el niño que vivió conmigo” como si la edad no existiera.  Solo la memoria es la encargada de resolver esos conflictos desde su edad adulta.

Y, una vez más, Juan Cruz  me sorprende porque en este libro de poemas está más allá de la gramática y de los géneros. El carácter lírico y plagado de imágenes del que forman parte  novelas  como: En la  azotea, Retrato de un hombre desnudo, El territorio de la memoria… demuestran una calidad poética mayor que este libro de poemas con apenas imágenes, y con un pensamiento dirigido única y exclusivamente a reconciliarse con su memoria.

 

“Cuando la poesía se pinta de azul” Canción atlántica, Manuel Padorno

 

 

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Manuel Padorno nació en Tenerife en 1933-Madrid 2002. Vivió desde niño en Las Palmas. Con el grupo de su esposa, Josefina Betancor, fundó la editorial Taller de Ediciones J.B. Fue un impulsor infatigable de la poesía de su generación, desde José Ángel Valente a Carlos Barral, e inspiró en las Canarias y fuera de ellas el conocimiento intelectual de las isla, de su luz y de sus palabras. Pero, sobre todo, fue un artista total, un renacentista, un nómada.

El motivo principal de mi pintura como de mi poesía, desde siempre, es desvelar el mundo exterior, ir penetrando y fijando una nueva lectura del mundo, lo que yo llamo “el afuera” fundamentado principalmente en el tema de la luz y el mar”

No se me ocurre mejor manera de de iniciar mi comentario sobre Canción atlántica que las palabras del propio autor.  Este libro engloba, siguiendo el deseo expreso del autor, dos libros ya publicados, Para mayor gloria (Pretextos 1997) y Hacia otra realidad (Tusquets Editores 2000), y otros dos que se dan ahora a conocer: El otro lado y Fantasía del retorno.

El propio Manuel Padorno explica en un documento del 17 de marzo de 2002 cómo evolucionó su proyecto: “Escribí desde finales de 1996 hasta comienzo de 1997 una larga serie de poemas que, según iba terminándolos de redactar, los agrupaba, por sentido e instinto, en carpetas diferentes. Y, en el transcurso de esos meses, pasó de ser un libro con equis partes a ser, finalmente, un libro cada parte. Pero cuando amainó este torbellino poético me di cuenta de que los cuatros libros serían uno. Y he pensado reunirlos… bajo un título: Canción atlántica.

Padorno es también pintor; en su poesía parece aplicar ciertas maneras de hacer propias de su otra dedicación, y no me refiero a la visualidad de sus versos, sino a la escritura en series, a modo de variaciones sobre un mismo tema.

Su escritura es  siempre torrencial donde se alterna la experiencia del propio autor junto con lo que experimenta. Su palabra oscila entre el verso preciso, justo y el balbuceo. El poeta parece avanzar a tientas, casi en escritura automática, amontonando borradores…

Contemplación y búsqueda de otra realidad caracterizan a Canción atlántica. Contemplación de un paisaje marítimo que aparece expresamente mencionado en más de un poema. Pero no se conforma con la descripción de un paisaje. Hacia otra realidad se titula, significativamente, el segundo libro de poemas; El otro lado, el siguiente. Se trata de escapar de la lógica común y de llegar a otra realidad, que a veces coincide con el mundo onírico.

El mecanicismo formal va acompañado a veces de un mecanicismo temático: el misterio no está evocado en el poema, sino racionalizado. Es lo que ocurre con esas partes que se desprenden del cuerpo, como en un filme surrealista, y que dan origen a más de una previsible serie de poemas:

La oreja más formal

La oreja más formal, más educada,

también se marchó, tan decidida,

habiéndome pedido con elegancia

permiso para irse algunos años.

Lo mismo que mi olfato. Pero un día

cansada de escuchar lo que se oye,

como aquello que nunca escucharía

colgada en mis paredes craneales,

volvió. Se colocó en su sitio. Engasta.

Y cuando estuvo, al fin, bien ajustada

en su nidal de siempre, bien pegada

al lateral, entonces oyó aquello….

Por lo que comenzó, seguidamente

sin poder remediarlo, a desprenderse,

descolgarse de nuevo, inevitable,

no para irse una vez más afuera

sino para caerse de los tiempos.

Caerse por los suelos. Sin remedio.

Es una oreja tan formal que no

puede evitar mostrarse incomodada.

Ya no quiere subir a mi cabeza.

Todo en Padorno resulta fresco, nada impostado. Lo mejor de las improvisaciones que constituyen Canción atlántica es que a veces nos permiten vislumbrar otra realidad, y ello ocurre cuando el poeta hace lo que dice: se deja penetrar por el misterio, y es así como surgen poemas del tipo:

Página de cristal

A veces no se sabe qué se encuentra

al final de la mesa: un libro abierto.

Una página blanca espejeaba

su blancor matinal, desconocido.

¿Una página blanca la mañana?

Según yo la miraba desde el libro

se levantaba muro arriba, abierta,

se agigantaba cada vez, haciéndose

esa ventana matinal, el marco

donde cruzaban las gaviotas luego.

Aquella página era, reducida

reflejo fiel de la mañana misma,

la mañana esponjada, gaseosa,

que reflejaba en un recuadro, chica

la bruma evaporada, el ave ausente,

la algodonosa niebla suspendida,

interminables gasas exteriores.

Y cerré el libro. Se cayó la niebla

sobre la noche inmensa. En pleno oscuro.

Más al releer la página, aparece

la mañana en mi libro todavía.

 

 

 

 

 

 

 

 

Agustín Millares, poesía humana a la luz de una vela.

 

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Canarias conmemora el  centenario del escritor canario Agustín Millares Sall. Su viuda, Magdalena Cantero decía ayer de su marido: “Escribía de noche, a la luz de una vela. Salía al pasillo y recitaba solo.”  Su hijo Oscar, coreógrafo, lo recuerda así: “Ha pasado tanto de su muerte (1989) y es como si lo siguiera escuchando de madrugada.” La suya era, dice otro hijo, el historiador Agustín Millares Cantero, que ha escrito un libro sobre su padre, “una poesía rabiosamente humana” Hoy se cumple un siglo del nacimiento del hombre que, según Cantero, “respiraba poesía”

Los canarios de todas las generaciones recientes, dice Juan Cruz en su artículo, hemos cantado en la calle sus versos de protesta o paradoja. Ese desvelo de poeta está en sus versos más íntimos, hasta su muerte. Magdalena, su mujer, lo ve en su poema El amanecer me duerme: “No estoy en paz cuando duermo/Frecuentemente despierto/Sufro el reloj que se duerme/Y que se queda durmiente/Durante todo el desvelo/Sus agujas no se mueven/ Casi están exactamente/Donde las dejé hace tiempo/Entre la vida y la muerte”. Ese poema, de los últimos que escribió, aparece en su libro póstumo Salvas de juguetería. Otros libros suyos son Sueño a la deriva, Poesía unánime. Segunda enseñanza  y La palabra o la vida. Fue premio nacional de Canarias de literatura en 1985.

Nació en Las Palmas de Gran Canaria en el seno de una familia excepcional: Los Millares. Su padre fue el escritor Juan Millares Carló, y sus hermanos, los pintores Manolo (el más conocido fuera de Canarias) Jane, el músico Totoyo, el poeta José María Millares. La Guerra Civil interrumpió su formación; su trabajo alimenticio fue el comercio marítimo y aquellos desvelos, las madrugadas y su compromiso con la vida lo convirtieron en un poeta popular.

Millares fue militante comunista desde su juventud. Como dice su viuda, en él “lo primero era la militancia”, pero eso no lo convirtió en un poeta social en sentido estricto. “Creo que es tópico encasillar a mi padre como tal” dice Agustín. “Él cubrió todos los registros de la poesía; la suya fue poesía combativa cuando lo exigieron las circunstancias, pero al unísono  escribía otros poemas intimistas”. Es pues, “una poesía humana” que se incorporó a la de otros de la generación de la guerra y de la inmediata posguerra, como Pedro García Cabrera, Manuel Padorno o Pedro Lezcano.

Fue un poeta de la calle y también un poeta íntimo. El  2 de febrero de 1931 apareció en La Voz Obrera de Las Palmas su primer poema, El Barco muerto.  Poco después se daba a conocer con el mismo poema en EL PAÍS.  Hoy escritores de las islas conmemorarán al que uno de los más queridos poetas del siglo XX canario.

Artículo recogido en El País a 30 de junio de 2017. Escrito por Juan Cruz.

“El mar y su poder de metáfora”. Retrato de un hombre desnudo, Juan Cruz.

“Escribir es tocar el mar cuando se quema. La vida que aquí se describe está llena de personajes que forman parte de la memoria herida de quien los recuerda.” Estas frases son las que figuran en la contraportada del maravilloso libro de Juan Cruz, Retrato de un hombre desnudo.

Un día frente al mar, en su Tenerife del alma, Juan Cruz piensa que el amor es el elemento de la vida que mejor representa el ritmo de la literatura; un ritmo que nunca puede ser igual. Y, así, frente a ese mar que le trae detritus, felicidades, nostalgias, voces dormidas, voces calladas…nace este maravilloso libro, una galería de viajes, retratos, pérdidas, olvidos, fotografía, bares, amigos y regalos en los que sobresale su amor por la literatura.

Dos nombres propios marcan el libro de Juan Cruz: su madre y Dulce Chacón. Un día, nos dice Juan, “descubrí al mismo tiempo que ellas su enfermedad. Y me perturbó la vida. Asistí al final de la alegría en estas dos grandísimas y maravillosas mujeres”

Compartimos de primera mano esta especie de diario  del mar, de este mar que le proporciona calma y sueño, invención y paraíso. En este diario  va en busca de recuerdos y también de todo lo que percibe e imagina, con un sonido interior, nos dice Juan, “que surge acaso de las palabras que escribo, y cuando escribo armonía hay un rumor distinto que el que aparece cuando escribo enfermedad, y cuando no hay música imagino la música, la musito con mis labios, o es el viejo sonido de la máquina de escribir, y ahora el del ordenador que transcribe lo que estoy diciendo, el que acompaña con su rumor permanente lo que está envuelto por el silencio. Enfermedad y armonía, la vida se desarrolla entre ambas incongruencias”

Además de varios episodios de amor que él vive con esa tensión con la que se vive cuando convives con alguien con el que despiertas o al que buscas alrededor del mundo en cada hora, Juan Cruz evoca a Juan Marsé, a Manuel Vázquez Montalbán, en un capítulo titulado, “Despedida en Bangkok” o le dedica páginas muy sentidas a Juan Carlos Onetti, desaparecido en 1994, que tal vez sea el escritor que más le ha marcado tras Domingo Pérez Minik. La desaparición de su padre le permite releer y recordar el poema “A mi padre” de Jorge Luis Borges, incluido en el texto.

Pero también habla de Fernando Vallejo, de Julio Cortázar, de un instante doliente de su juventud cuando amaba a Ana Lisa y vivía en Cannes con Manuel de Lope. “…ella me hizo a un lado como si fuera una basura”, de otra mujer que le ama sin amor y le recuerda que cierre la puerta al salir. Juan Cruz escribe de muchas cosas, que atrapa cuando van de vuelo como una libélula, y desde muchos lugares, desde tantos que parece que tenga la doble o la hermosa y literaria facultad de ser ubicuo: igual viaja a la Costa da Morte que a México, igual evoca a un amigo de La Laguna que parte al año 1973 que  rememora a otra enamorada llamada Sara, igual penetra en las motivaciones de un escritor que se retrata a sí mismo, con miedo ante el mar, “el mar de la pasión y la traición”, con un bolígrafo entre las manos garabateando palabras e historias que conformarán luego, hoy, El retrato del hombre desnudo”