Juan Cruz se reconcilia con la infancia en: Edad de la memoria

 

 

Resultado de imagen de el puerto de la curz

La infancia, la memoria, la vida…Una reconstrucción melancólica, honda, conmovedora la que nos ofrece Juan Cruz en Edad de la memoria, uno de sus libros de poesía donde la esencia de la mayoría de sus poemas es su niñez.

Aparecen a lo largo de este libro de poemas recuerdos de su niñez, reflexiones a propósito del tiempo, algo que muchas veces tratamos como flor de invernadero. Es, la memoria, la narradora protagonista de todos sus poemas; sin embargo, a veces, esa memoria es involuntaria. Son los sentidos los que la estimulan. No es una memoria afectiva como sucede cuando vas en busca de un recuerdo y lo recuperas desde el momento presente, sino una memoria estimulada por un olor, unos geranios mustios… como es el caso del poema que lleva por título,: Hubiera sido mejor perder la memoria.

Hubiera sido mejor perder la memoria

pero ahí está,

nadie elige la secuencia del recuerdo,

ni cuando aparece el olor,

desaparecer de ti,

hacerse humo en un escaparate,

escalera hacia la azotea de la nada

donde florecen los geranios mustios,

ajenos a las consecuencias del verano.

En aquella edad tan breve

se asustaban sin razón los pájaros,

y tú tratabas de cogerlos con las manos.

Todos se escaparon

a la vez y pareció mucho tiempo

el que pasó entre uno y otro,

y no,

fue solo una décima de segundo, una nada,

un tiempo en todo caso muerto

del que no quisiste tener memoria.

Juan Cruz nos habla desde ese desdoblamiento con “el niño que vivió conmigo” como si la edad no existiera.  Solo la memoria es la encargada de resolver esos conflictos desde su edad adulta.

Y, una vez más, Juan Cruz  me sorprende porque en este libro de poemas está más allá de la gramática y de los géneros. El carácter lírico y plagado de imágenes del que forman parte  novelas  como: En la  azotea, Retrato de un hombre desnudo, El territorio de la memoria… demuestran una calidad poética mayor que este libro de poemas con apenas imágenes, y con un pensamiento dirigido única y exclusivamente a reconciliarse con su memoria.

 

“Cuando la poesía se pinta de azul” Canción atlántica, Manuel Padorno

 

 

Imagen relacionada

Manuel Padorno nació en Tenerife en 1933-Madrid 2002. Vivió desde niño en Las Palmas. Con el grupo de su esposa, Josefina Betancor, fundó la editorial Taller de Ediciones J.B. Fue un impulsor infatigable de la poesía de su generación, desde José Ángel Valente a Carlos Barral, e inspiró en las Canarias y fuera de ellas el conocimiento intelectual de las isla, de su luz y de sus palabras. Pero, sobre todo, fue un artista total, un renacentista, un nómada.

El motivo principal de mi pintura como de mi poesía, desde siempre, es desvelar el mundo exterior, ir penetrando y fijando una nueva lectura del mundo, lo que yo llamo “el afuera” fundamentado principalmente en el tema de la luz y el mar”

No se me ocurre mejor manera de de iniciar mi comentario sobre Canción atlántica que las palabras del propio autor.  Este libro engloba, siguiendo el deseo expreso del autor, dos libros ya publicados, Para mayor gloria (Pretextos 1997) y Hacia otra realidad (Tusquets Editores 2000), y otros dos que se dan ahora a conocer: El otro lado y Fantasía del retorno.

El propio Manuel Padorno explica en un documento del 17 de marzo de 2002 cómo evolucionó su proyecto: “Escribí desde finales de 1996 hasta comienzo de 1997 una larga serie de poemas que, según iba terminándolos de redactar, los agrupaba, por sentido e instinto, en carpetas diferentes. Y, en el transcurso de esos meses, pasó de ser un libro con equis partes a ser, finalmente, un libro cada parte. Pero cuando amainó este torbellino poético me di cuenta de que los cuatros libros serían uno. Y he pensado reunirlos… bajo un título: Canción atlántica.

Padorno es también pintor; en su poesía parece aplicar ciertas maneras de hacer propias de su otra dedicación, y no me refiero a la visualidad de sus versos, sino a la escritura en series, a modo de variaciones sobre un mismo tema.

Su escritura es  siempre torrencial donde se alterna la experiencia del propio autor junto con lo que experimenta. Su palabra oscila entre el verso preciso, justo y el balbuceo. El poeta parece avanzar a tientas, casi en escritura automática, amontonando borradores…

Contemplación y búsqueda de otra realidad caracterizan a Canción atlántica. Contemplación de un paisaje marítimo que aparece expresamente mencionado en más de un poema. Pero no se conforma con la descripción de un paisaje. Hacia otra realidad se titula, significativamente, el segundo libro de poemas; El otro lado, el siguiente. Se trata de escapar de la lógica común y de llegar a otra realidad, que a veces coincide con el mundo onírico.

El mecanicismo formal va acompañado a veces de un mecanicismo temático: el misterio no está evocado en el poema, sino racionalizado. Es lo que ocurre con esas partes que se desprenden del cuerpo, como en un filme surrealista, y que dan origen a más de una previsible serie de poemas:

La oreja más formal

La oreja más formal, más educada,

también se marchó, tan decidida,

habiéndome pedido con elegancia

permiso para irse algunos años.

Lo mismo que mi olfato. Pero un día

cansada de escuchar lo que se oye,

como aquello que nunca escucharía

colgada en mis paredes craneales,

volvió. Se colocó en su sitio. Engasta.

Y cuando estuvo, al fin, bien ajustada

en su nidal de siempre, bien pegada

al lateral, entonces oyó aquello….

Por lo que comenzó, seguidamente

sin poder remediarlo, a desprenderse,

descolgarse de nuevo, inevitable,

no para irse una vez más afuera

sino para caerse de los tiempos.

Caerse por los suelos. Sin remedio.

Es una oreja tan formal que no

puede evitar mostrarse incomodada.

Ya no quiere subir a mi cabeza.

Todo en Padorno resulta fresco, nada impostado. Lo mejor de las improvisaciones que constituyen Canción atlántica es que a veces nos permiten vislumbrar otra realidad, y ello ocurre cuando el poeta hace lo que dice: se deja penetrar por el misterio, y es así como surgen poemas del tipo:

Página de cristal

A veces no se sabe qué se encuentra

al final de la mesa: un libro abierto.

Una página blanca espejeaba

su blancor matinal, desconocido.

¿Una página blanca la mañana?

Según yo la miraba desde el libro

se levantaba muro arriba, abierta,

se agigantaba cada vez, haciéndose

esa ventana matinal, el marco

donde cruzaban las gaviotas luego.

Aquella página era, reducida

reflejo fiel de la mañana misma,

la mañana esponjada, gaseosa,

que reflejaba en un recuadro, chica

la bruma evaporada, el ave ausente,

la algodonosa niebla suspendida,

interminables gasas exteriores.

Y cerré el libro. Se cayó la niebla

sobre la noche inmensa. En pleno oscuro.

Más al releer la página, aparece

la mañana en mi libro todavía.

 

 

 

 

 

 

 

 

Agustín Millares, poesía humana a la luz de una vela.

 

Imagen relacionada

 

Canarias conmemora el  centenario del escritor canario Agustín Millares Sall. Su viuda, Magdalena Cantero decía ayer de su marido: “Escribía de noche, a la luz de una vela. Salía al pasillo y recitaba solo.”  Su hijo Oscar, coreógrafo, lo recuerda así: “Ha pasado tanto de su muerte (1989) y es como si lo siguiera escuchando de madrugada.” La suya era, dice otro hijo, el historiador Agustín Millares Cantero, que ha escrito un libro sobre su padre, “una poesía rabiosamente humana” Hoy se cumple un siglo del nacimiento del hombre que, según Cantero, “respiraba poesía”

Los canarios de todas las generaciones recientes, dice Juan Cruz en su artículo, hemos cantado en la calle sus versos de protesta o paradoja. Ese desvelo de poeta está en sus versos más íntimos, hasta su muerte. Magdalena, su mujer, lo ve en su poema El amanecer me duerme: “No estoy en paz cuando duermo/Frecuentemente despierto/Sufro el reloj que se duerme/Y que se queda durmiente/Durante todo el desvelo/Sus agujas no se mueven/ Casi están exactamente/Donde las dejé hace tiempo/Entre la vida y la muerte”. Ese poema, de los últimos que escribió, aparece en su libro póstumo Salvas de juguetería. Otros libros suyos son Sueño a la deriva, Poesía unánime. Segunda enseñanza  y La palabra o la vida. Fue premio nacional de Canarias de literatura en 1985.

Nació en Las Palmas de Gran Canaria en el seno de una familia excepcional: Los Millares. Su padre fue el escritor Juan Millares Carló, y sus hermanos, los pintores Manolo (el más conocido fuera de Canarias) Jane, el músico Totoyo, el poeta José María Millares. La Guerra Civil interrumpió su formación; su trabajo alimenticio fue el comercio marítimo y aquellos desvelos, las madrugadas y su compromiso con la vida lo convirtieron en un poeta popular.

Millares fue militante comunista desde su juventud. Como dice su viuda, en él “lo primero era la militancia”, pero eso no lo convirtió en un poeta social en sentido estricto. “Creo que es tópico encasillar a mi padre como tal” dice Agustín. “Él cubrió todos los registros de la poesía; la suya fue poesía combativa cuando lo exigieron las circunstancias, pero al unísono  escribía otros poemas intimistas”. Es pues, “una poesía humana” que se incorporó a la de otros de la generación de la guerra y de la inmediata posguerra, como Pedro García Cabrera, Manuel Padorno o Pedro Lezcano.

Fue un poeta de la calle y también un poeta íntimo. El  2 de febrero de 1931 apareció en La Voz Obrera de Las Palmas su primer poema, El Barco muerto.  Poco después se daba a conocer con el mismo poema en EL PAÍS.  Hoy escritores de las islas conmemorarán al que uno de los más queridos poetas del siglo XX canario.

Artículo recogido en El País a 30 de junio de 2017. Escrito por Juan Cruz.

“El mar y su poder de metáfora”. Retrato de un hombre desnudo, Juan Cruz.

“Escribir es tocar el mar cuando se quema. La vida que aquí se describe está llena de personajes que forman parte de la memoria herida de quien los recuerda.” Estas frases son las que figuran en la contraportada del maravilloso libro de Juan Cruz, Retrato de un hombre desnudo.

Un día frente al mar, en su Tenerife del alma, Juan Cruz piensa que el amor es el elemento de la vida que mejor representa el ritmo de la literatura; un ritmo que nunca puede ser igual. Y, así, frente a ese mar que le trae detritus, felicidades, nostalgias, voces dormidas, voces calladas…nace este maravilloso libro, una galería de viajes, retratos, pérdidas, olvidos, fotografía, bares, amigos y regalos en los que sobresale su amor por la literatura.

Dos nombres propios marcan el libro de Juan Cruz: su madre y Dulce Chacón. Un día, nos dice Juan, “descubrí al mismo tiempo que ellas su enfermedad. Y me perturbó la vida. Asistí al final de la alegría en estas dos grandísimas y maravillosas mujeres”

Compartimos de primera mano esta especie de diario  del mar, de este mar que le proporciona calma y sueño, invención y paraíso. En este diario  va en busca de recuerdos y también de todo lo que percibe e imagina, con un sonido interior, nos dice Juan, “que surge acaso de las palabras que escribo, y cuando escribo armonía hay un rumor distinto que el que aparece cuando escribo enfermedad, y cuando no hay música imagino la música, la musito con mis labios, o es el viejo sonido de la máquina de escribir, y ahora el del ordenador que transcribe lo que estoy diciendo, el que acompaña con su rumor permanente lo que está envuelto por el silencio. Enfermedad y armonía, la vida se desarrolla entre ambas incongruencias”

Además de varios episodios de amor que él vive con esa tensión con la que se vive cuando convives con alguien con el que despiertas o al que buscas alrededor del mundo en cada hora, Juan Cruz evoca a Juan Marsé, a Manuel Vázquez Montalbán, en un capítulo titulado, “Despedida en Bangkok” o le dedica páginas muy sentidas a Juan Carlos Onetti, desaparecido en 1994, que tal vez sea el escritor que más le ha marcado tras Domingo Pérez Minik. La desaparición de su padre le permite releer y recordar el poema “A mi padre” de Jorge Luis Borges, incluido en el texto.

Pero también habla de Fernando Vallejo, de Julio Cortázar, de un instante doliente de su juventud cuando amaba a Ana Lisa y vivía en Cannes con Manuel de Lope. “…ella me hizo a un lado como si fuera una basura”, de otra mujer que le ama sin amor y le recuerda que cierre la puerta al salir. Juan Cruz escribe de muchas cosas, que atrapa cuando van de vuelo como una libélula, y desde muchos lugares, desde tantos que parece que tenga la doble o la hermosa y literaria facultad de ser ubicuo: igual viaja a la Costa da Morte que a México, igual evoca a un amigo de La Laguna que parte al año 1973 que  rememora a otra enamorada llamada Sara, igual penetra en las motivaciones de un escritor que se retrata a sí mismo, con miedo ante el mar, “el mar de la pasión y la traición”, con un bolígrafo entre las manos garabateando palabras e historias que conformarán luego, hoy, El retrato del hombre desnudo”

 

 

 

 

 

“Ojalá octubre” el relato de amor de Juan Cruz hacia su padre

Ojalá octubre es un relato de amor de un hijo hacia su padre. Es la historia de un hombre bueno, su padre, al que no le ocurren cosas dramáticas. Le gusta poner derechos los cuadros en las paredes. La envidia le aburre. Compra cosas innecesarias. No quiere que nadie lo vea en calzoncillos. Sus trabajos son muy modestos. Come en silencio. “El silencio fue su arma, para no saber, para no saber qué ocurrió, para que no supieran que sonreía en medio de su propio temporal. Para que la realidad no se hiciera presente.”

Y, sin embargo, este hombre es un ser extraordinario, no porque su vida lo sea, sino porque su trajín diario está animado por una inmensa y conmovedora búsqueda de la felicidad.”Para él la felicidad era la eternidad, que siempre ocurrieran cosas, pero que éstas se parecieran a la armonía…Sentir que todo podía convertirse en un acontecimiento, comer, levantarse, jugar a la lotería, ganar, perder, reír, que todo fuera un acontecimiento, y eso me dejo en herencia, eso y la misma frustración por el paso del tiempo: Se me está haciendo la noche/en mitad de la tarde,/no quiero volverme sombra,/quiero ser luz y quedarme…”

El tema de la felicidad es como el cielo de Ojalá octubre. Juan Cruz nos ofrece el espejo de la felicidad de su infancia. Nos recuerda qué es la felicidad de la vida diaria, de las pequeñas cosas, pero también la del vivir mismo.

El recuerdo de su padre, eje vertebrador del libro, queda enmarcada por una cita de Truman Capote repetida al comienzo y al final del libro:”Me gusta tanto este mes que ojalá siempre fuera octubre” Con esta frase entra la literatura en el libro.

Haciendo uso de la memora afectiva rinde homenaje a la figura de su padre, siempre en actitud de irse, quizás en “imposible persecución de la felicidad“,  que es otro de los temas capitales del libro. Juan que,  en un principio escribe para comprender a su padre, pronto acaba por darse cuenta de que, en el fondo, escribe para comprenderse  a sí mismo, que lo ha heredado todo de la figura paterna, pues “del mismo modo sé que uno nunca deja la isla de la que fue ni la isla de la que es, así que que ahora también viajo y vivo, y me  veo  en los espejos cuando me afeito, aquellos rasgos que poco a poco fueron haciendo su cara y que ahora, también poco a poco van haciendo mi cara.”

Uno de los cables de conexión que utiliza Juan para recordar a su padre es  el olor “El olor de la ropa de mi padre era seco, como de tierra, me acercaba a él, cuando volvía a casa, y percibía ese olor, que para mí ahora es como el olor de los veranos, el olor del mes de agosto en los campos de la isla, en el monte, a la altura de Las Cañadas, olor de pinocho seco,(…)este era el olor de la ropa de mi padre; me acercaba a él, le palpaba la chaqueta, el me revolvía el pelo, y entraba en la casa mirando para los lados, como si estuviera haciendo una inspección, qué ha pasado hoy, qué me espera; mi madre hacía la comida en el otro extremo”

A partir de este momento, Juan Cruz nos muestra cómo el padre se va quedando solo porque a raíz de la muerte de su madre, el padre se debate entre “la soledad de sus recuerdos y la confianza tozuda en la vida“. Cree, empecinado, que “si no nos moríamos, viviríamos para siempre”, y si nos moríamos es solo porque “la ciencia nos abandona“. La vida desemboca, cada vez más, en demasiadas zozobras.  Y cada vez más, el hijo se va pareciendo al padre.”Mientras se va haciendo la vida, vas aprendiendo que todo lo que sucede se borra, y que no eres sino esa parte de la cara de tu padre que se repite en ti, que tú prolongas como si fueras él, creyendo, como él, que el tiempo no va a pasar, que en efecto lo que vives hoy es imborrable, y no es cierto, nada es imborrable, toda se borra, nada existe una vez que ya ha existido, y lo que pasa se queda en el rostro como una arruga más, como el tiempo; una esponja que al final se seca.

Sin embargo Juan al igual que el padre cumple un destino que pudo ser el del padre. Y ese destino es el libro que nosotros estamos leyendo. Ya, al final del libro, el padre lo lleva a un lugar de la isla donde ha caído un meteorito. Éste parece “un disparo del cielo, o del interior de la tierra”. La piedra es solo el secreto que el padre reservaba para el hijo. Una sorpresa. Un legado. Un descubrimiento personal que el padre le deja en herencia al hijo. Es uno de los grandes interrogantes del libro.

Soy hija de canaria y como tal, le agradezco a Juan Cruz esta maravillosa historia.

 

 

En la azotea, “novela escrita a través de los sentidos”, por Juan Cruz

En la azotea” (1989) es un canto al pasado utilizado como recurso por el autor para remediar su soledad actual. Para ello, recrea la experiencia amorosa entre él y una azafata, a la que busca como compañera perdida y  tacita interlocutora de su confesión en forma de carta.

Solo y errante por la ciudad de Madrid, Juan Cruz, periodista que ronda los 40, se sitúa en un presente narrativo que coincide con la actualidad y rememora las peripecias de su pasada relación con esta azafata llamada Laura.

“En la azotea” encontramos una reconstrucción del espacio en el que convivieron los amantes y también una evocación del paraíso perdido de su infancia. Todo ello golpeado por las prisas modernas, representadas en las profesiones de los amantes.

Desde el punto de vista de la sintaxis, uno de los aspectos más relevantes, en mi opinión, es el uso que hace de los sentidos. A través del “tacto” y del “olor” nos traslada los mejores momentos de su relación: “Cuando volví a  la isla el olor se había instalado en la orilla del mar. Era seco y fugaz, el olor de las olas. Me detuve en la esquina y en todas partes percibí la sensación de que tú ibas a aparecer en algún recodo con las manos llenas de flores amarillas”.

Merecen mención especial el recuento de lecturas que aparecen desperdigadas a lo largo de la novela, diluidas  en la permanente proyección de los recuerdos sobre situaciones cotidianas; sin embargo es en la reiteración de la despedida donde aumenta la distancia desde la que sitúa el narrador para ofrecer tan solo un espejismo multiplicado en otras imágenes y alimentado por el proyecto ilusorio de las palabras.

Hay hallazgos maravillosos que salpican la subjetiva rememoración fragmentada de esta novela poemática. De entre todos ellos, destaco el que lleva por título, La palabra agua. Dice así:

“DE ENTRE todas las palabras guardo la palabra agua en una cantimplora de cuero. A veces la acaricio y la escucho borbotear en el fondo de ese recuerdo de mi infancia: el agua a través de la ventana, el agua en el baño de los domingos, el agua almacenada y sucia de los estanques verdes. No sé de qué año es el agua que guardo en la cantimplora, pero el ruido que hace la asemeja a un agua prehistórica, nacida antes que yo en el afluente esquemático de un barranco sin salida. ¿Por qué guardé esta agua y no otra y qué agua es ésta que me lleva tan lejos, a mi infancia? El agua de la cantimplora tiene su propio sonido, es distinta a todas las aguas, y aunque ha perdido color sé que sigue teniendo aquel color azul que presentaba cuando la recogí del mar antes de irme del todo.”E

“Egos revueltos”. Una memoria personal de la vida literaria por Juan Cruz

Cada vez que aparece un nombre, con él viene una historia”, escribe Juan Cruz en Egos revueltos. Así, los senderos del libro se bifurcan continuamente y un viaje a la casa londinense de Guillermo Cabrera Infante, por ahí empieza todo, puede quedar interrumpido durante decenas de páginas porque en el trayecto se cruzan Juan Marsé, Julio Caro Baroja (“la entrevista más seria de mi vida”) o una comida en un restaurante de Chile, con Arturo Pérez-Reverte y la escritora chilena Marcela Serrano quien, de repente, le recrimina a voces a uno de sus editores: ‘Carlos, no hay limones’ Momento del que se sirve Juan Cruz para decir que los escritores desayunan egos revueltos, título del libro que nos ocupa.

Cuarenta años dedicados al periodismo cultural y  seis años al frente de una prestigiosa editorial, su curiosidad sigue tan viva como al principio, pero ahora enriquecida por la experiencia de quien ha tenido la fortuna de entrevistar, acompañar como editor y, en definitiva, conocer de cerca a autores como Borges, Bowles, Cortázar, Benet, Cabrera Infante, Susan Sontag, Günter Grass, Jorge Semprún, Francisco Ayala, Rafael Azcona, Severo Sarduy, Camilo José Cela, Francisco Umbral, Eduardo Haro Tecglen o Manuel Vázquez Montalbán.

Estas páginas están llenas de de anécdotas como cuando alguien le pidió que se pegara a Cela que había llegado a la isla griposo y solo. Subió a la habitación del hotel con él y esperó hasta que Cela se puso el pijama y una lujosa bata de seda. “Entonces le dije que me iba. De ninguna manera usted se queda ahí hablando hasta que me duerma. Entonces nos dice Juan Cruz me di cuenta de que alguien tan encumbrado como Cela estaba solo y tenía miedo. Ése fue su primer servicio editorial. Después de eso, acompañó a John Berger al dentista, a Paul Bowles al traumatólogo, a Borges y a Susan Sontag al baño…”siempre observando, sin juzgar ni calificar pero siempre mirando asombrado el desayuno de los artistas.”

Merece especial atención sus comentarios a propósito de Cortázar, y su admiración por Rayuela. “Si Tres tristes tigres (Guillermo Cabrera Infante) se escribió bailando, o cantando, Rayuela se escribió para bailar, o para escuchar música acariciando, o tocando, toco tus labios, era un motto del libro, lo leíamos como si estuviéramos rezando, y no sabíamos todavía explicar por qué pero ese libro entró en nosotros como un aire salvaje y pacífico a la vez, como si estuviera esperando a  una multitud de fumadores, de bebedores, de noctámbulos que quisieran hacer en las habitaciones lo mismo que hacían Oliveira y la Maga. Humo y amor, una atmósfera.”

Los recuerdos se van, o van y vienen a lo largo del libro. Basta una palabra para que aparezca un nuevo recuerdo, y este recuerdo surge porque ha salido el nombre del Hotel Palace. Es el verano de 1980, y va a ver a Jorge Luis Borges que pasa el fin de semana en Madrid. Su admiración por Borges se ve colmada por este encuentro del que destaca cómo Borges, a pesar de su ceguera es capaz de reflexionar sobre ello para al final decir: “la ceguera era una forma de soledad, quizá la más perfecta (…)la ceguera está diluida por el recuerdo, por lo que me dijeron, por lo que leí.” Es curioso hablamos de recuerdos como si fueran hechos y no son más que palabras. Lo que me dijeron, lo que dije, los recuerdos son palabras.

Estar con Mario -Benedetti, nos dice Juan Cruz, como con su poesía es un viaje a la melancolía, sus recuerdos eran ya sus poemas, tenía en las manos hojas con versos nuevos; escribía siempre, rellenaba cuadernos, ése era el cordón que le ataba a la vida. La última  visita después de la muerte de Luz, su compañera, fue una despedida a pesar de que su mirada aún vivaz pugnaba por vencer la maldad persistente de una enfermedad que le estaba quitando cualquier ilusión que no fuera la ilusión de un sueño.

Con Francis Bacon le sucedió algo muy curioso y es que el asma fue el vehículo por el cual la entrevista pudo celebrarse. Bacon que nunca concedía entrevistas, accedió por la insistencia de su galerista en España, Mary Cruz Bilbao a dar una para el suplemento semanal de El País, en junio de 1980. “Vestía con una chaqueta negra, quizá de cachemir, y venía con el ceño fruncido, con esa cara partida en dos, característica de sus retratos. Me miró con la displicencia que se mira a los desconocidos que te van a quitar tiempo, y de pronto dijo, para nuestra estupefacción:

-He pensado que quizá no estoy en condiciones de dar esta entrevista.-

-Señor Bacon-le dije-, esto es un drama. Hemos venido de Madrid…”

Tengo un ataque de asma, dice Bacon, y mete su mano en uno de los bolsillos de su chaqueta, ese gesto era un gesto familiar para Juan Cruz, así que también lo hace, y mientras él extrae su Ventolin Juan Cruz extrae el suyo , y al tiempo que él lo mostraba, Juan lo muestra también.

Ante la evidencia de ese paralelismo, Bacon dijo: Bueno, vamos, pero nos sentaremos allí.

Y entre tantos recuerdos y tanta memora, llega Ángel González de alguno de sus viajes de ida y vuelta, de Alburquerque, Nuevo México, a Madrid; viene con Susi Rivera, su mujer, tiene por delante todo el verano.

Eran principios de los noventa, y junto a con su mujer y sus amigos la noche era la protagonista. Había en el poeta, nos dice Juan Cruz, un sentido muy privado, muy auténtico, de la intimidad y de la amistad; escribía como si ya no tuviera remedio, como si respirara difícilmente esa poesía que tenía dentro, y que provenía como escribe García Montero en el libro que ha publicado sobre los primeros años de Ángel de aquella experiencia de la guerra civil en Oviedo, que destrozó a su familia, llenó de miedo a su madre y convirtió su manera de ver la vida en la atemorizada constatación de que siempre hay un peligro alrededor, un ruido indeseable, y a eso se refieren gran parte de sus versos. “España es un país que hace con sangre su memoria, y él tenía dentro la memoria de la sangre.”

Egos revueltos es también una larga despedida de escritores admirados que terminaron siendo amigos de su autor: “Mi vida ha sido, hasta ahora que la cuento en relación con los egos que he ido tratando o descubriendo, una especie de confabulación para hacer que la gente sea feliz, y seguramente no lo he conseguido nunca; pero siempre he estado disponible, como si me sintiera en la obligación de proporcionar a los escritores papel y lápiz para que escribieran sus libros (cuando fui editor), pero eso viene de más lejos, de cuando yo era un niño y necesitaba animar a los demás para que vinieran a jugar conmigo”. Ese niño recorre también este libro. Lo descubrirán aquellos que empiecen a leerlo por la primera página y no por el índice onomástico. Ese niño carga con el Ventolín como remedio contra el asma, con la literatura como remedio para todo lo demás.

Murakami comparte su experiencia como escritor en, De qué hablo cuando hablo de escribir

Haruki Murakami, considerado como el prototipo de escritor solitario y reservado, ha roto ese silencio para compartir con nosotros, sus lectores, su experiencia como escritor y como lector. A partir de autores como Kafka, Chandler, Dostoievski o Hemingway, Murakami reflexiona en estas páginas sobre la literatura, sobre la imaginación, sobre los premios literarios y sobre la —en ocasiones controvertida— figura del escritor.

Aporta ideas y sugerencias para todos los que se han enfrentado en alguna ocasión al reto de escribir: ¿qué narrar?, ¿cómo preparar una trama?, ¿qué hábitos y rituales sigue él mismo? Pero en este texto cercano, lleno de frescura, delicioso y personalísimo, descubriremos más de su autor cuando habla de aquellos que han criticado su obra. Porque  descubrimos a alguien dolido e incomprendido, con una relación conflictiva con su país. Es muy significativo las 20 páginas que dedica  a explicar lo poco que le importa el premio más prestigioso de Japón.

Murakami se siente un bicho raro dentro de la sociedad japonesa, diseñada en sus propias palabras para crear ovejas que van donde se les dice. Así lo describe en un capítulo dedicado a sus recuerdos de escuela, donde él era un niño con la cabeza en las nubes, volcado en la lectura.

Evoca años duros, de mucho trabajo y no llegar a fin de mes, en los que ni se le pasaba por la cabeza ser escritor. Con 29 años comenzó su primera novela por las noches en la cocina. Tuvo un éxito agridulce porque, en su fuero interno, experimentó la sensación de no haber sido aceptado por el mundillo literario japonés. Desde entonces percibió la escritura como una pelea. Es significativa la metáfora que utiliza del ring de boxeo comparándola con  el  oficio de escribir donde, al igual que le ha sucedido a él con su escritura en Japón, lo más difícil no es pegar bien y llevarse los aplausos sino mantenerse en pie.

Confiesa así mismo que nunca ha padecido el bloqueo del escritor. Las duras críticas en su país que le reprochaban simpleza y un estilo americanizado, fueron definitivas para abandonar su país e irse al extranjero. Según se trasluce en las páginas de su libro, quizá las duras críticas de su país  fueron las que hicieron de él un escritor de oficio. Vendió su bar y afrontó su tercera obra, La caza del carnero salvaje(1982). Trasladó su disciplina como corredor al oficio de escribir y comenzó, como hacía con la carrera, a escribir diez páginas todos los días, 300 al mes. Desmitifica la figura del escritor. Puede parecer más un trabajo de fábrica con un horario y una rutina que el trabajo de un escritor. Sin embargo, él se pregunta por qué un escritor tiene que comportarse como un artista.”Admitir que no hace falta serlo constituye un alivio inmenso”, sentencia.

Pero por encima de todo lo expuesto, lo más importante es que descubrimos cómo es Haruki Murakami, y tendremos un acceso privilegiado al “taller” de uno de los escritores más leídos de nuestro tiempo.

 

Los secretos de un crucero disparatado: “Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer” de David Foster Wallace

Uno de los viajes más divertidos, por disparatado, es el crucero de lujo al que David Foster Wallace se subió para más tarde escribir Algo supuestamente divertido que no volveré a hacer. Este relato periodístico a bordo de de la embarcación de lujo Nadir acaba convirtiéndose en un retrato mordaz de lo que los americanos entienden por felicidad. Pero sobre todo es un canto a la lucidez y al detalle llevado hasta la extenuación.

David Foster Wallace es un enfermo del detalle y esta enfermedad nos permite disfrutar de un historia tremendamente divertida. Uno de los mejores ejemplos es el del retrete aspirador de su  camarote. Solo alguien como él puede sentirse fascinado y transmitirnos su entusiasmo por ese váter: “Tirar de la cadena provoca un ruido breve pero traumático, una especie de gárgara sostenida en si mayor, como un trastorno gástrico a escala cósmica. Junto con este ruido se produce una succión contundente tan poderosa que resulta al mismo tiempo temible y extrañamente reconfortante: tus desperdicios no parecen tanto succionados como arrojados lejos de ti, y arrojados con una velocidad que te hace sentir que los desperdicios van a terminar tan lejos de ti que se van a convertir en una abstracción, una especie de tratamiento por desagües en el nivel existencial “  Es fabuloso como a partir de un acto anodino, Foster Wallace es capaz de convertir este hecho en un acto tremendamente reflexivo.

Durante siete días el escritor se embarca en una travesía en la que ve de todo, y ese “todo” se ha planeado para resultar del agrado de los pasajeros. “El barco estaba tan limpio y blanco que parecía que lo hubieran hervido. El color azul de las Antillas occidentales varía entre el azul de manta infantil y el azul fluorescente; lo mismo que el cielo. Las temperaturas eran uterinas. El sol parecía establecido de antemano para nuestra comodidad. La proporción tripulación-pasajeros era de,1,2 a2″.

Pero como sucede a menudo, la perfección está muy lejos de ser algo perfecto. Turba. El Nadir, en última instancia, es un barco, así que, “durante las dos primeras noches, quién está mareado, quién no lo está, quién no lo está ahora pero lo estaba hace un rato y quién no lo está pero se lo ve venir, etcétera, es un tema de conversación apasionado.(…) El sufrimiento generalizado y el remedia al sufrimiento resulta ir de perlas para romper el hielo, y romper el hielo es importante, porque en 7NC  uno come a la mesa que le ha tocado con los mismos compañeros las siete noches. Hablar sobre náuseas y vómitos cuando se están comiendo platos elaboradísimos y dignos de todo gourmet no es algo que parezca preocupar a ninguno de los presentes.”

  1. Foster Wallace persigue la exhaustividad hasta tal punto, que antes de embarcar , incluso antes del viaje a Florida de donde zarpará el Nadir, ya nos describe con todo lujo de detalles el folleto publicitario. “El folleto Celebrety, hace que uno empañe dos servilletas de babas” Pese a todo, F. Wallace embarca con la mejor disposición. Desde el primer momento está dispuesto a valorar la excelencia de las comidas, el encanto de algunos camareros…”He visto corredoras profesionales de blackjac tan encantadoras que te dan ganas de ir corriendo a su mesa y gastarte hasta el último centavo jugando” La oferta de placeres es tan desmesurada que, al final, hace que algunas de ellas se conviertan en una pesadilla que invita a saltar por la borda. “Me he sentido tan deprimido como no me sentía desde la pubertad y he llenado tres cuadernos Mead intentando averiguar si era por culpa de los Demás o Mía. Sin embargo, una gran mayoría de los viajeros no comparten esa actitud sino todo lo contrario: están demasiados ocupados para darse cuenta de la pesadilla. No en vano, a bordo del Nadir-nos advierte el autor al principio-, como ya se vaticinaba en el folleto, el turista consigue hacer “algo que usted no había conseguido en mucho, mucho tiempo: Absolutamente nada”.

 

Mi homenaje a Salvador Pániker

 

 

Resultado de imagen de salvador paniker variaciones 95

El pasado sábado, 1 de abril, falleció  Salvador Pániker (Barcelona, 1927), de padre indio y madre catalana, que destacó tanto por su labor como pensador como por su faceta de activista del derecho a la eutanasia. Un intelectual que tendió puentes entre Oriente  y Occidente.

No se me ocurre mejor manera de recordarlo que hablar de lo que han significado para mi sus lecturas. Mi primera aproximación vino a través Variaciones 95 y me llegó en un momento de vital importancia para mí: la redacción de mi trabajo sobre Carmen Martín Gaite. Es su uso del tiempo, de ese tiempo situado desde fuera del tiempo lo que más me atrajo de su obra. En las tres es su personaje principal. Quizá en Primer testamento, el uso del tiempo se circunscribe a los tiempos de la trasguerra española como él la denomina. Nos describe el retrato de muchos contemporáneos, combinando anécdota y reflexión a la hora de examinar la condición humana. Escrito de forma brillante y nerviosa casi como un reflejo de su personalidad y donde concurren dos grandes tradiciones: oriente y occidente.

Sus otros dos diarios inusuales, Cuaderno amarillo y  Variaciones 95 están escritos desde fuera del tiempo. A lo largo de estos dos libros sus reflexiones, sus diálogos amenos y sustanciosos provienen del interior.  Música, lecturas, amistad, ciencia, forman parte de la cotidianeidad del autor. Pero en todo momento, prima ese afán de ser hombre, que él tan bien fija en el retrato de su hermano Raimundo. Subir un peldaño más y ser “hombre”, más allá de tensiones, normas, racionalismo, máscaras.

Los intelectuales, según Pániker “envejecen mejor, los años no deben medirse por la fecha de nacimiento sino por la curiosidad intelectual que uno albergue. Pero la terapia tiene otros dos apartados más, la segunda es vivir aquí y ahora. Y la tercera, ser creativo sin interrupción, en cuanto paras estás perdido: aunque seas frívolo o disperso, hay que serlo con intensidad, siempre”.

“Los ateos tienen menos angustia que los creyentes. hay que creer en el aquí y en el ahora. es evidente que cuando mueres sales fuera del tiempo y del espacio, y la aventura se acabó.”

“Hay que dedicar la primera mitad de la vida a crear un ego muy fuerte, convicciones, autoestima, una ventaja para defenderte. Y la segunda mitad, a deshacerse de él, porque las desventajas son superiores: esto se acaba”. Saber biológico, contrario al mito del alma, porque dice Pániker que nadie cree en el alma: “Yo soy un animal más que he brotado del mundo, y llega un momento en que desaparezco. Pero ahí siguen mis hijos, mi gente, lo que he hecho”.

Su defensa de la libertad le lleva a decir que si uno no teme, es libre: Las obediencias que han creado los estados y las iglesias proceden del temor. En cierto modo, el budismo mahayana fue una cultura sin temor a la muerte, una cultura de la libertad, que dice que cuando uno está liberado brota espontáneamente la solidaridad, la compasión.”

No se me ocurre mejor manera de cerrar estos breves apuntes sobre su obra que la de incluir estas bellas reflexiones en torno a la música: La música está hecha de tiempo. Tiempo fuera del tiempo. La música solo es real mientras suena, y cada vez suena distinta. Porque cada presente distendido en música es único. Quiere decirse que el buen ritmo, la mejor música trascienden el tiempo lineal, y tienen que ver más bien con lo que William James llamaba “bloques de duración”, algo así como una islas de vida sobre el fondo inerte del tiempo lineal, del tiempo abstracto.”